viernes, 15 de junio de 2012

15.06.2012 - Fuegoeluno.

Siguiendo los últimos y absurdos consejos de mi cirujano, mi despreocupación y yo yacíamos tranquilamente boca abajo sobre el camastro portátil que el hospital había puesto a mi disposición, cuando unos toquecitos suaves al otro lado de la puerta de acceso a mi estancia compartida, fuera por completo de mi alcance visual, dieron paso a la apertura de la misma de forma tímida e insegura, a juzgar por la queja interminable de sus bisagras mal engrasadas. Desde mi postura anteriormente descrita y con el pútrido BETADINE embalsado en la grotesca cavidad de mi región lumbar, amenazando con chorrear por doquier al más mínimo movimiento, el nerviosismo terminó por apoderarse de mí y sólo se me ocurrió asir el teléfono móvil y marcar el número de la policía, dejando a continuación el dedo pulgar de mi mano en vilo sobre el botón de llamada, como postrera medida de seguridad. Obviamente no podía ver lo que sucedía en mi retaguardia, lugar de origen de mi incipiente angustia, a no ser que retorciese mi cuello de forma inverosímil, tal y como la mayoría de enfermeras, mayormente heridas de consideración por mi ironía desde el día que ingresé en el centro sanitario, andaría deseando de buen grado promover con sus propias manos. “Il Calabrese”, mi compañero de penurias en esa fecha, reaccionó con celeridad: cogió un trozo de papel, garabateó enérgicamente sobre el mismo con un lápiz y acto seguido me pasó la nota, adecuadamente firmada y rubricada con una mano negra, que me apresuré a arrugar y lanzarle a la cara sin leerla siquiera. El hombre no se lo tomó a mal después de todo y comenzó a estrangularme más por rutina que por sentir la ofensa de mi conducta, al tiempo que insistía verbalmente: “-Quería decirle que por un módico precio estoy dispuesto a comentarle lo que sus ojos no puedan percibir… como si usted fuese uno de esos ciegos que va al cine y precisa de ayuda para entender lo que se muestra en la pantalla”. “-Bien sabe usted –le contesté al mafioso carcamal- que su hijo registra a fondo todos los días mi armario, los cajones de mi mesilla auxiliar, la maleta donde guardo mis pertenencias tras sacarme a punta de pistola la clave de los candados que sellan su cierre y que con la misma navaja con la que limpia sus uñas termina rajando invariablemente el colchón de mi litera cada tarde, a la hora de la siesta, sin que jamás haya encontrado dinero alguno. No obstante, he logrado averiguar la marca de mantequilla que usa “Konishiki” en cantidades industriales, dicho sea de paso, para embadurnarse el cuerpo y atravesar repetidas veces las puertas de las habitaciones. Quizás usted podría establecerse como intermediario entre el fabricante del producto lácteo y la jefa de enfermería y sacar su buena tajada”. “Il Calabrese” detuvo por un momento su impulso asesino, meditó en segunda instancia y tras un breve silencio remató la faena sentenciando: “-¿Traficar con burro (mantequilla)?... uhmmm… bueno… podríamos comprar lotes del producto pasados de fecha a precio irrisorio… y luego manipular a bolígrafo la reseña de caducidad… lo cual también nos daría pie a traficar con bolígrafos… uhmmm… ¡Bravo!... ¡Assolutamente luminoso! ¡Acconsento l’accordo!”.
El hijo de “il Calabrese” tomaba nota de todas las ideas que fluían desde la mente de su progenitor y las plasmaba en un pequeño bloc de páginas raídas y desgastadas por el constante uso, mientras sostenía en su otra mano el arma con la que apuntaba a las personas que permanecían petrificadas en la entrada de la habitación, sin atreverse a cruzar el umbral. Tras releer rápidamente sus propios apuntes, el joven se vio en la necesidad de preguntar a su padre: “-¿Sólo compraremos la mantequilla caducada, o también los bolígrafos?”.
En un primer instante el mafioso hizo como si pasase por alto la pregunta de su vástago, pero no tardó mucho en resoplar y enviarle una seña a su hijo para darle a entender que bajase el cañón de su arma automática… y aprovechase de paso para pegarse un tiro en el pie ya que “il Calabrese” debía seguir fingiendo una enfermedad coronaria para permanecer camuflado en el hospital y no hubiese sido bien visto que en esas circunstancias no mostrase afectación alguna perforando sin mayores preámbulos el pie de su propio retoño, tal y como en el fondo deseaba. A continuación el viejo se acomodó en su litera, hizo una nueva señal para que entrasen los ansiosos visitantes y, respetando nuestro pacto, comenzó a describir en voz alta todo cuando sucedía a mi alrededor.
Narrativa petulante de “il Calabrese: “-Una mujer y un hombre de mediana edad penetran en la habitación disfrazados con una ridícula bata blanca, que posiblemente no venga a cuento, a la vez que bailan un vals. La mujer es alta y delgada, exhibe ensortijados cabellos cortos de una oscura tonalidad rubia, tez pálida, ausencia de curvas en torno a sus caderas, pectorales lisos como una tabla de surf y semblante triste como si llevase semanas sin poder evacuar. El hombre, por el contrario, es moreno y regordete, con un prominente mostacho algo diezmado por la seborrea, una estruendosa cicatriz en la frente, una azotea rematada por un peluquín que parece caído de un quinto piso y calza unos zapatos italianos pulcramente relucientes gracias a un limpiabotas que lleva permanentemente atado por las orejas a uno de sus tobillos. Ambos bailan de pena, bien es cierto, pero al menos el hombre amortiza su lobotomía exteriorizando suficientes reflejos en su psique como para no dejar de explorar con sus manos las nalgas de su pareja de baile. Finalmente, la octava planta del hospital se queda sin flujo eléctrico y, mientras se llevan a cabo las gestiones oportunas para sacar el generador de corriente de emergencia de la casa de empeños, la música cesa, los bailarines se separan y se quedan de pie uno a cada lado de tu cama, más o menos a la altura de tu cintura, tal y como te hallas tumbado a merced de este par de lobos hambrientos”.
Por el tono de voz que surgió desde mi izquierda, adiviné que fue la mujer quién tomó sin más la palabra en primera instancia y de mala gana, ya que normalmente la venía tomando con galletas y ya no quedaba ninguna dentro de un envoltorio vacío y arrugado que permanecía sobre mi bandeja del desayuno aún por retirar.
“-Soy la Dra. “Fuegoeluno” –comenzó pronunciando la voz femenina-,  oncóloga de distrito especialista en torpedear químicamente todo lo que se mueva dentro de tu organismo, allá donde se mueva, e incluso aunque no termine de moverse. Me ha parecido oportuno visitarte,  y permíteme que te tutee, para establecer una toma de contacto inicial, tras examinar el informe del laboratorio emitido por el patólogo que ha venido conmigo y está situado ahora mismo al otro lado de su cama, contemplando absorto las descomunales dimensiones de tu herida expuesta”.
“-¡CUAC, CUAC!,  –saludó escuetamente el patólogo, mostrando poco interés y tendiéndome mecánicamente la mano hasta que esta se secó por completo-”.
Contagiándome inútilmente de dicho protocolo, traté de girarme para devolver el saludo y parte del desayuno, pero sólo acerté a percibir como mi viejo compañero de habitáculo, volvía a agitarse sobre su litera, abriendo los ojos como si se tratase de una vulgar lechuza en mitad de la noche. En un principio lo atribuí a una insana excitación asociada al vocablo “torpedear”, recientemente pronunciado por la oncóloga, el cual constituiría a buen seguro una nueva forma de violencia hasta entonces ajena al manual de procedimientos por el que se rige la mafia calabresa. Sin embargo, los ojos del viejo permanecieron abiertos como platos durante largo rato hasta que descubrí cómo su propio hijo andaba pisando accidentalmente el cable por el cual llegaba la medicación reguladora de la tensión arterial de “il Calabrese”.
-¡BANG! (se oyó repentinamente, pillándonos a todos los allí presentes por sorpresa).
Narrativa petulante de “il Calabrese (recuperando milagrosamente el habla): “-Tras pensárselo más de lo debido, mi hijo ha terminado por acatar mis precisas instrucciones y se ha disparado en el pie. El personal sanitario del centro, pese a estar la puerta de este cuarto abierta de par en par, hace caso omiso de la detonación confundiéndola con una de las explosiones frecuentes que suceden al manipular indebidamente los balones de oxígeno. Por otra parte, viendo como mana la sangre de la perforación que mi propio hijo se ha causado en el pie, parece que la entrada del proyectil ha sido limpia, aunque dejo el pronunciamiento definitivo en manos del personal de limpieza, o Froilán en su defecto, si es que decide aparecer y hacerle frente con hombría a los cinco dedos de pelusa que, a modo de moqueta, habitan permanentemente en el suelo de esta pocilga abandonada de la mano de Dios”.
“-Me hago cargo de la situación, viendo su espalda, -continuó la oncóloga su discurso a partir de donde lo había dejado-. Ahora entiendo muchas cosas del informe de laboratorio que en un principio intuí exageradas, como por ejemplo ese apéndice final que dedica a la eutanasia. Por descontado, lamento que esta primera toma de contacto tenga que ser así, sin podernos mirar a la cara, por lo que no me extenderé más de lo debido. ¿Padece usted algún tipo de dolor o molestia en estos momentos?”. “-Sólo hasta que usted se largue, -le confesé seguro de mí mismo-“.
Narrativa petulante de “il Calabrese: “-El patólogo, creyendo dar con la solución que la situación requiere, se desplaza hasta el cuarto de aseo anexo  y arranca el espejo que hay fijado en la pared, justo sobre el lavabo. Efectivamente, tras el espejo encuentra emparedado un frasco con una solución, aunque por completo inadecuada, ya que se trata de suero jabonoso al 3%, muy lejos de ser lo que buscaba, y que termina por sacarle los colores mientras una profunda decepción cobra vida en su semblante”.
“-¡CUAC, CUAC!, –volvió a oírse de los labios del patólogo, quien lejos de darse por vencido, trasladó el espejo recién extraído del servicio ubicándolo momentáneamente sobre el cabecero de mi cama, pensando (se entiende) que nos serviría a la oncóloga y a mí para establecer contacto visual de una vez por todas. Tras varios intentos infructuosos, buscando diferentes ángulos de incidencia de la luz sobre la superficie reflectante, tanto la doctora como yo seguimos sin vernos.
Narrativa petulante de “il Calabrese: ”-El patólogo percibe al fin las marcas de dos finos orificios en la cara interior de la muñeca derecha de la oncóloga, cayendo en cuenta de inmediato que esta ha sido mordida recientemente por la Dra. “Abracadáver” y que por tanto la imagen de la Dra. “Fuegoeluno” no volverá a reflejarse jamás en un espejo. Sus sueños de irse con la oncológa de picnic este mismo fin de semana  se vienen abajo. Esto no impide que ambos vuelvan a bailar un segundo vals, pese al hecho de que el primer vals aún mantiene al patólogo jadeando como un jabalí largamente perseguido por una jauría de perros de caza. Concluido el baile, ambos recuperan su posición original en torno a tu cama, cuyas sábanas no han sido cambiadas en los últimos quince días y muestran las evidencias de mil siniestras batallas”.
“-¿Entiendes todo lo ocurrido en estos días en torno a tu intervención quirúrgica y al sarcoma de partes blandas que te fue en principio extirpado? –me preguntó la Dra. “Fuegoeluno”, tratando de restablecer de nuevo la comunicación entre ambos-. ¿Necesitas algún detalle o información adicional?”. “-No soy adicto a husmear en busca de información de orden general –le respondí a la doctora-. La primera intervención quirúrgica me ha sido convenientemente explicada hasta el punto de entender que todo salió al revés de lo planeado y que navegamos desde entonces a la deriva. El laboratorio, a su vez, ha tardado una eternidad con su estudio inmunohistoquímico hasta pronunciarse al respecto de la tipificación del sarcoma y de la ausencia de focos de inflamación en los márgenes extirpados, pero he preferido digerir como buenamente he podido mi propia impaciencia y optar por no lanzarme a esa vorágine de datos inexplicables que habitan en Internet, ya que el mundo de los sarcomas en general no constituye ningún acicate para mi intelecto. Bien al contrario, lo único que quiero entender con detalle es todo lo concerniente a mi caso particular y escuchar pronto la opinión de los expertos, sabedor de que haciendo exactamente lo opuesto a lo que dichos sabelotodos me indiquen, mantendré alguna esperanza de sobrevivir a esta pesadilla”. “-Pues ahora mismo y dada la situación en que se encuentra tu herida, no podríamos hacer nada ni aunque supiésemos qué hacer –afirmó la oncóloga-, salvo, claro está, sentarnos encima a ver si de este modo detenemos la exudación continua de una vez por todas”. “-¿Y qué necesitaría usted para saber qué hacer –le pregunté a la doctora cuya voz parecía surgir siempre de las profundidades de la habitación-, aparte de estudiar la carrera de medicina?”. “-Bueno…  no es tan sencillo de explicar… -trató de exponerme sin perder la calma el bacilo de la catástrofe, desde dentro de su bata blanca-. En primer lugar, yo no decido nada, sino que simplemente seré tu portavoz permanente de todo aquello que el equipo de oncólogos de este hospital desee poner en práctica. En segundo lugar, y para hacernos una idea más exacta de la situación, en lugar de comprarla hecha, no bastará únicamente con la información proporcionada por el patólogo, sino que necesitaremos un punto de partida actualizado de tu organismo a partir de un nuevo escáner que te practicaremos. Por último, tu cirujano tendrá que trabajar muy duro sobre esta herida y llevarla a un estado digno de aplicación de radioterapia o quimioterapia, tratamientos que ahora mismo no podríamos administrarte caso de estar determinados en los profundos estudios que el Instituto Europeo del Cáncer recogía originalmente en 18 volúmenes de mil páginas, y que terminaron ardiendo por culpa de no testear en su momento si el bibliotecario era fumador, siendo sustituidos en su estante preferente por un tablero Ouija cuyo uso hasta la fecha y según indica la estadística aplicada está dando resultados prácticamente idénticos”. “-¡Pues la Dra. “Abracadáver”, vino hace unas fechas a exponerme, antes de proceder con el injerto de piel, que no procedería radioterapia alguna y que se desentendía de mi caso!, -especifiqué a la oncóloga en contraposición a sus deseos de seguir investigando sobre un camino aparentemente trillado-“. “-¡Paparruchas!, -exclamó la Dra. “Fuegoeluno”-. ¡Una radioterapeuta no decide por sí misma estas cosas! No digo que no acabe teniendo razón… simplemente no debe hacer pública una decisión como esta que aún no ha sido consensuada por todas las partes. Al tipo de sarcoma que moraba en tu miserable humanidad suele asociársele como terapia principal de soporte  la radioterapia… y son técnicas contrastadas y con más de 20 de años de vigencia, nada nuevo ni experimental… y eso que me muero por inyectarte lo primero que se me ocurra… ¡a ver si consigo que la ciencia avance de una vez por todas!”. “-¡Vaya!... -repliqué contrariado-, pues la Dra. “Abracadáver” no se ha conformado con informarme a mí de sus profecías, sino que ha hecho partícipe de ellas a medio hospital, incluyendo a mi cirujano plástico en jefe, por no mencionar las pintadas que ha realizado por las encaladas paredes de esta octava planta utilizando la sangre de algún incauto, cuyo grupo y factor RH no le convendrán a su estricto régimen, impuesto por el dietista de la secta satánica que la tiene abducida”.
-¡BLAM! (una interacción con la puerta, a priori desconocida, acabó oprimiendo el tímpano de los ocupantes de la habitación con el lógico sobresalto añadido, incluyendo al hijo de mi compañero de jaula a quien no le dio tiempo a desenfundar su arma, entretenido como andaba en la confección de un torniquete, a partir del cable del teléfono de la habitación, que evitase que la herida de su pie terminase por desangrarle).
Narrativa petulante de “il Calabrese”: “-El patólogo hace tiempo que escurrió el bulto, volvió al cuarto de aseo, taponó el lavabo, lo llenó de agua, se despojó de sus ropas y está chapoteando alegremente en él, no sólo poniéndolo todo perdido, sino también creído de que el patito feo al final deviene en cisne. Tu cirujano, a todo esto, acaba de entrar violentamente en escena derribando la puerta, de ahí la reciente y ensordecedora percusión. Después, ha realizado una espectacular voltereta en el suelo, mandando al infierno sus dientes recién implantados el pasado fin de semana, y ha terminado emergiendo de la misma con expresión altiva y un mando a distancia en la mano”.
“-¡Quietos todos o enciendo la TV!, –amenazó el cirujano decidido a llegar hasta las últimas consecuencias-. ¡Os he dicho que la herida de mi paciente no se toca hasta que yo os dé nueva orden… o acabaréis desgraciando el único injerto de piel de que se compone mi dilatada carrera profesional!... ¡Así que todos fuera de aquí, salvo los dos parásitos que duermen una noches si y otra también en esta habitación… y que venga la jefa de enfermería en servicio, que me va a oír respecto de las curas que estamos materializando sobre esa porquería de injerto que alcanzo a divisar desde mi privilegiada posición, si mi ojo no me engaña!”.
Narrativa petulante de “il Calabrese: “- La jefa de enfermería en servicio se presenta en el acto, arrastrando tras de sí el carrito con el material de las curas. Ahora que lo pienso, podría decirse también que se presenta después del acto… dada la sonrisa estúpida que exhibe ese medicucho que ha salido tras ella del prolijamente visitado cuarto de las escobas, poco antes de que la experta sanitaria se incorporase a la juerga.
“-Usted me dirá, -pronunció tímidamente la enfermera, quedando a disposición de las ordenanzas del cirujano-“. “-Mido 1.72, ya lo sabes, -repuso enérgicamente el galeno-. ¡Y yo seré el que ponga en práctica la próxima cura, así que presta atención porque a partir de hoy las quiero todas iguales!
Narrativa petulante de “il Calabrese: “-La jefa de enfermería corre la cortina intermedia, imposibilitando establecer contacto visual  entre ambas literas, lo cual alimenta el morbo pero obliga a suspender la transmisión de los hechos, ya que no veo una mierda. ¡Dios se apiade de tu alma de aquí en adelante, muchacho!”.
“-Lo primero que hay que hacer es situar al paciente sobre la superficie de trabajo en decúbito supino –indico el cirujano a la jefa de enfermería-. Después hay que eliminar la capa encostrada de la herida haciendo uso de esta lijadora profesional que puedes robar directamente de la carpintería de tu cuñado. Si tu cuñado carece de carpintería, por favor, móntale una. El lijado tiene que ser homogéneo y suave sin perder por ello consistencia. Si evitas enchufar el aparato y lo rascas todo a mano, ahorrándole sus buenos euros a la cuenta de gastos del hospital, tanto mejor. Cuando lleves una hora de lijado intensivo y con el hígado del paciente ya a la vista, tendrás que convenir que lo que realmente pedía esta intervención era un paciente tendido en decúbito prono y no supino. Así que le das un giro a la tortilla de paciente de unos 180 grados y sigues como si tal cosa procurando silbar una canción adecuada mientras te haces la loca. Cuando la herida de la zona lumbar vuelva a estar ante tus ojos repite el lijado hasta que los injertos de piel se deshagan, todo se ulcere y la fosa lumbar sangre a mansalva. En ese momento…
¯Quiero que le extiendas la pomada blanca,
¯quiero que le apliques la compresa azul,
¯quiero que comprimas fuerte la hemorragia,
¯que es bien colorada como sabes tú…
¯Como sabes tú, como sabes tú…
¯Como sabes tú, como sabes tú…
¯Quiero que le extiendas la pomada blanca,
¯quiero que le apliques la compresa azul.

¡Y por el amor de Dios, que la herida permanezca todo el tiempo posible en expositiva, mientras la masa gaseosa y viciada que sale por el conducto del aire acondicionado hace su trabajo y extiende la gangrena hasta ocultar todo rastro de la chapuza de cirugía que hemos puesto recientemente en práctica! El paciente no se dará cuenta, o bien, a lo sumo, tratará de desviar tu atención hacia su hígado, que con el giro brusco de 180 grados saltó de su abdomen y cayó accidentalmente al suelo. Si esto sucediese, entonces lo recomendable suele ser contarle un par de buenos chistes al paciente, mientras ubicas su hígado entre algodones y empujas después su litera rodante camino de urgencias. Esos chicos, cuando el alcohol no les juega una mala pasada, parecen saber de todo. ¿Entendiste?”. La enfermera asintió con la cabeza mientras cruzaba los dedos de su mano tras su espalda, y antes de dar por concluida la sesión práctica quiso resolver una última duda: “-Doctor, nos estamos centrando exclusivamente en la zona lumbar, mientras la pierna que actuó como donante de piel para el injerto presenta un cuadro de dolor”. “-Creo que ha llegado el momento de aplicarle vaselina sobre el vendaje, hasta que este termine por desprenderse él solito –se explicó de nuevo el cirujano-. En cualquier caso, si dentro de cinco días persistiese el cuadro de dolor, yo pediría consejo abiertamente y sin tapujos al museo de El Prado”. Y dicho esto, el cirujano se despidió de mí rogándome perseverancia en el reposo y deseándome suerte en la próxima vida. Acto seguido abandonó el cuchitril, utilizando a modo de asiento y tiro de un imaginario rickshaw a sus dos jóvenes aprendices y colegas de la unidad de cirugía plástica, mientras la jefa de enfermería comenzaba a pelearse en solitario con todo ese papeleo infame, a la vez que necesario, tratando de dar de alta en el Registro de Sociedades la nueva carpintería de su cuñado.

miércoles, 6 de junio de 2012

06.06.2012 - La cirugía se mide en centímetros.

Hace quince días, es decir, diez jornadas antes de que mi región lumbar fuese premiada en una endemoniada rifa con un injerto de piel, mi cirujano congregó a sus congéneres del gremio de plástica ante la zanja de mi espalda, despojada de toda cobertura, y buscó reconciliar posturas, además de sacarse unos cuantos euros impartiéndoles una clase magistral, tras ponerse en pie sobre el colchón de mi cama, acerca del tipo de swing que se precisa para salir de los fatídicos bunkers de arena del hoyo 18 de Augusta, con ayuda de una escoba y una rótula de oveja que depositó previamente en el centro geométrico de mi generosa herida.
“-Caballeros -empezó exponiendo -, una vez realizadas las pertinentes pruebas de ADN, esto que ven tendido en la cama en decúbito prono puedo asegurarles que se trata de la versión 2.0 de un veterano paciente que empieza a estar harto de nosotros y de este hospital, según indica la pequeña colección de muñecos vestidos de blanco y masacrados por alfileres que sujeta firmemente en su mano. La razón de que nos hayamos extendido en el tiempo con las curas, desde que lo interviniésemos quirúrgicamente el último día del pasado mes de abril, es que su descomunal herida ha venido presentando una evolución lenta y no ha dejado de exudar, si bien su nivel de supuración ha menguado de forma considerable. Por otra parte, han pasado ya tres semanas desde que le extirpásemos el sarcoma y no puedo negar que los tejidos internos se han desarrollado reduciendo la profundidad del lecho a cuya boca sólo podían asomarse tras aquella maratoniana cirugía aquellos que no padeciesen de vértigo. Estamos pues ante una encrucijada, por lo que les ruego viertan sus opiniones sobre este caso y concretemos entre todos una solución poco menos que definitiva, sin perder de vista, como me habrán oído repetir en diversas ocasiones, que la cirugía se mide en centímetros. (Emulando el conocido discurso de Tony D’Amato –interpretado por Al Pacino en la película “Un domingo cualquiera”- a los jugadores de un equipo de fútbol americano que él entrena, instantes antes de afrontar el partido decisivo de la temporada.)
Salvo algún que otro tímido murmullo, sin duda alrededor de la apuesta sobre quién se creía capaz de hacer blanco en mi herida con un bote de OMEPRAZOL desde la entrada de la habitación, podría decirse que entre los galenos se hizo el silencio, por lo que mi cirujano trató de facilitarles la labor de tomar una decisión prosiguiendo: “- A mi juicio, y sin descartar otras alternativas que puedan plantearse, hemos de elegir entre cuatro caminos principales: (1) envolver al paciente en una manta, depositarlo en la puerta de un hogar de acogida, llamar al timbre y salir por piernas; (2) seguir impertérritos en espera hasta que el hospital empiece a arruinarse con el despilfarro de BETADINE, gasas y pienso compuesto que la manutención del paciente consume sin límite y que pronto empezará a ser descontado de nuestro sueldo; (3) volver a reseccionar los tejidos que se han regenerado, con el objeto de recuperar las gafas de sol que se me cayeron al asomarme a la herida por primera vez para medir su nivel de eco; (4) practicarle al paciente un injerto de piel que cubra su brecha lumbar, a partir de tejido natural de su muslo, o de la encuadernación de cualquiera de los seis volúmenes de la obra  “Torturas avanzadas para ratas de laboratorio”, que habríamos de sustraer esta noche de la biblioteca del jefe de patología”.  Esta vez el murmullo entre los oyentes fue más intenso, hasta que aquellos más avezados empezaron a improvisar sus sugerencias en juicios cortos: “-¡Sácale la vesícula!”, “-¡Dale el alta!”, “-¡Llamemos a un médico!”...
“-¡Sois un hatajo de inútiles!, –recriminó mi cirujano a sus colegas mientras los sacaba de la habitación con ayuda de su perro pastor, ubicándolos temporalmente dentro de un círculo que previamente había trazado en el suelo del corredor con ayuda de una tiza-. ¡Está visto que voy a tener que hacer solo todo el trabajo!”.  Cruzaba ya el umbral de la entrada a mi habitación, justo frente al mostrador de control de enfermería, cuando el cirujano pronunció sus últimas palabras dirigidas a mí, pero sin buscarme con su mirada: “-Tranquilo Miguel, el próximo viernes te practicaré un injerto. Tengo dos noches por delante para averiguar cómo se lleva a cabo este tipo de cirugía”. Dicho esto, el cirujano abrió su paraguas y se marchó avanzando por el pasillo con pasos inseguros y extraordinariamente cortos.
Mi compañero de habitación, un hombre famélico de avanzada edad y voz parsimoniosamente ronca, lo había escuchado todo. Así que tumbado como estaba sobre su cama y alzando un tanto la toma de oxígeno, ajustada por un elástico a su cabeza, no dudó en dirigirse a mí por primera vez desde que fui trasladado a la celda 832, mientras dieciocho miembros de su familia volvían a hacer acto de escandalosa presencia en la habitación, al fin libre de galenos, y se apelotonaban alrededor de su litera. “-Permíteme que me presente. Soy “Santi Pasto il Calabrese”. Estoy aquí enjaulado fingiendo una dolencia cardiaca que no tengo, mientras la policía sigue peinando las calles de esta ciudad en busca del asesino que estranguló al revisor del contador del gas de mi finca, cuyas ruedecillas llevaban misteriosamente bloqueadas con un mondadientes desde 1990”. “-Le caerán un buen número de años si le atrapan –acerté a replicarle de forma frívola e intrascendente-“.  “-¡Santa madonna, bambino!, yo nunca fui uno de esos sicarios abonados a los baños de sangre, -reaccionó el godfather, indicándole a su hijo que bajase el arma que apuntaba a mi entrecejo con un oportuno gesto de su mano izquierda-. Sólo quería mostrarme solidario con tu causa, tras escuchar a los matasanos que vinieron a visitarte hace un rato. Así que si necesitas… hmmm… ¿cómo decírtelo?... “enviar un aviso” a alguno de ellos, o bien algo de dinero para hacerte con los favores de alguna enfermera, cuenta con mi ayuda”. “-Bueno –le repliqué-,  le agradezco sus buenas intenciones, pero lo único que le pediría es que su familia restrinja las visitas a lo que indica el reglamento interno de este centro médico, además de bajar la voz para que pueda descansar de tanto en tanto de mis dolencias”. “-¡Porca miseria!,  –exclamó de nuevo “il Calabrese”, haciendo rechinar sus dientes en señal de contrariedad-“. Después, se revolvió sobre su cama para darme la espalda (cosa que realmente necesito) y, antes de ajustarse de nuevo la máscara de oxígeno, espetó a su familia: “-Andiamo a otro hospital. ¿Cómo puo facere trato alguno dentro de estas cuatro paredes impregnadas de legalidad?”.  Ante la agónica queja, el hermano de mi compañero de celda reaccionó y comenzó a avanzar hasta el cabecero de su cama, secándose el sudor de su frente con el amarillo chillón de su propia corbata y exhibiendo una silueta ciertamente oronda embutida en un traje de seda color violeta, cuya americana iba abrochada por delante con un único botón a punto de salir disparado de un momento a otro y herir de gravedad a cualquiera de los allí presentes. “-Mio fratello… non ti preocupare, -pronunció la bola de grasa, una vez alcanzada la pretendida ubicación de preferencia respecto de su hermano-. Questa notte daremos un golpe memorabile. Tengo tutto listo per facere nos con la pila de litio de la calculadora de il capo infermieri, cosi tu puo rinnovare la del tuo marcapasos”. El godfather hizo una nueva seña con el dedo  a su hermano quien dobló como pudo su cintura y se agachó torpemente hasta sentir el aliento fraterno en su oreja.  Lo que en principio parecía que iba a ser la transmisión de un misterioso secreto, acabó en un grito infernal: “-¡No me obligues a hacerte daño!”.
Antes de que el injerto de piel sobre mi zona lumbar fuese un hecho, y superado ya el presagio de peligro que lo retenía en el hospital, “il Calabrese” decidió regresar un buen día a su ciudad natal, dejándome una vez más huérfano de compañía en la habitación. El día de su marcha, el godfather entregó al director del centro médico un maletín de dinero falso recién impreso y con el tinte de los fajos de billetes, todavía fresco, goteando a través de los fuelles de su contenedor. A cambio, solicitó que un helicóptero de su propiedad pudiese acudir a recogerle, haciendo uso del helipuerto que hay en la azotea del hospital el cual es pieza clave en la gestión de no pocas urgencias. A la hora convenida, el ingenio aeronáutico apareció surcando los aires y terminó por posarse en la cumbre del edificio, donde “il Calabrese” esperaba tumbado en una camilla, sostenida por dos fornidos celadores, mientras recibía las últimas atenciones de un grupo de cuatro enfermeras. Detenidos sus motores, la camilla que portaba al godfather fue introducida con presteza dentro del artefacto volador y una vez sellada la portezuela trasera del mismo, el grupo de celadores y enfermeras volvieron con celeridad sobre sus pasos, con la mirada puesta en la máquina, al tiempo que el rotor principal del helicóptero comenzaba a hacer de nuevo su trabajo. Por desgracia, dos enfermeras calcularon fatal su movimiento de retroceso y, sin mirar hacia atrás en ningún momento, lograron finalmente precipitarse al vacío por la cara oeste de la torre de quince pisos que alberga la parte más antigua del centro médico. Entonces, el piloto de la aeronave abrió un tanto su portezuela de acceso e hizo un gesto al resto de miembros del hospital para que se acercasen de nuevo hasta las proximidades de su posición, cosa que hicieron agachando un tanto la cabeza y con no poca curiosidad. Elevando entonces su voz todo lo que pudo, el piloto les preguntó: “-¿Alguno de ustedes desearía que le diese una vueltecita en este cacharro? Vamos bien de tiempo, hay un asiento vacío en la cabina y las panorámicas de la ciudad desde aquí arriba valen la pena”. Soportando un ruido infernal en sus tímpanos, los cuatro miembros levantaron el brazo casi al unísono, embargados por la emoción, al tiempo que las aspas de la hélice principal lograban una amputación limpia de las cuatro manos. Entonces el piloto soltó una carcajada seca, cerró su portezuela de un golpe y comenzó a ascender con el aparato al tiempo que exclamaba: “-¡Stupidi… Tanti erudizione e anni di studio per alla fine addentare sempre questa stessa trappola ridicola!”. Y fue así como en aquel fotograma convivieron por un instante la grandeza y la miseria de nuestra existencia. El helicóptero surcaba los cielos invadiendo señorialmente en el horizonte la silueta del sol, mientras dos enfermeras y dos celadores del hospital, saltaban a la pata coja sobre la pista del helipuerto, sujetando su propio muñón sangrante con la otra mano y tratando de identificar visualmente su miembro seccionado sobre el suelo, de entre el cuarteto caído, para recogerlo y someterse con urgencia a una cirugía plástica de reconstrucción.
Mi operación de injerto de piel, sin embargo, sostuvo sus índices de prioridad y el orden de acceso a los quirófanos no se vio alterado por este cruel incidente de la azotea. Los pormenores de mi (hasta la fecha) postrera intervención quirúrgica fueron detallados  a lo largo del episodio anterior. Sólo añadiré aquí que a los dos días del experimento  el cirujano se presentó en mi habitación para comprobar que la máquina de drenaje conectada a mi región lumbar había sido programada según sus indicaciones, al tiempo que me recordaba mis dos posturas básicas en la cama: decúbito prono y decúbito lateral diestro. Mientras el drenaje del injerto no me suponía molestia física alguna, la pierna donante de piel comenzaba a molestarme y a reclamar calmante intravenoso con regularidad. “-Todo está al revés de lo que indiqué –remilgó entre dientes el galeno-, lo que sumado a que escribí mis indicaciones sobre el informe de derecha a izquierda, da una parametrización óptima del aparato. Ahora todo está en tus manos. Estaré de vuelta dentro de dos días para examinar el injerto de piel y comprobar si ha terminado o no por prender. Mientras tanto, sé valiente, cómete las verduras y no dejes que la idea de fracaso devore tus pensamientos. Ahora mismo, el éxito de esta operación vale lo que tu vida… y eso es barato”. Dicho esto, el doctor palpó a tientas con su mano por detrás de su oreja derecha hasta identificar una válvula que terminó por abrir, dando lugar a un violento proceso de desinflado que le proyectó de inmediato fuera de mi estancia.
Tal y como había prometido, el matasanos regresó dos días después, rebasadas ya las cuatro jornadas desde la crítica cirugía. Hizo acto de entrada en mi habitación después de abrir bruscamente la puerta, con el rostro tenso y no pocos mechones de su cabello desordenados. Yo presupuse que era la lógica tensión que antecedía a descorrer el telón sobre mi herida lumbar y comprobar los resultados. Aún así, le pregunté: “-¿Ocurre algo, doctor?”. “-Bueno, había dos celadores y dos enfermeras en la entrada del hospital, tirados por el suelo y en clara actitud de huelga de hambre, que al verme pasar se han postrado ante mis pies y me han rogado encarecidamente que les ayude con el reimplante de su mano. Yo he sacrificado mi primer café de máquina de la mañana y he intentado ayudarles arrojando 0,60€ al suelo, cosa que no han visto con buenos ojos y me han terminado zarandeando un poco, provocando la llegada de los vigilantes de seguridad del hospital, quienes han arrojado 0,60€ más y la cosa ha cambiado hasta el punto de olvidarse de mí los cuatro huelguistas y enredarse entre sí cual ovillo rodante sobre el pavimento recién encerado de la entrada, fruto de una lucha encarnizada por hacerse con todo el capital derramado”. “-¿Y llega tarde sólo por eso, o porque además ha estado disimulando un buen rato con las monedas bajo sus botas, hasta que el ovillo humano se alejó lo suficiente como para hacerse con el botín y apretar a correr?, -inquirí de inmediato al galeno-”. “-¿Por quién me toma?, -me reprochó el doctor-“. “-Por la mayor ignominia que ha conocido la ciencia –respondí con franqueza-, cuya reputación, muy por debajo de la del sarcoma que acaba de extirparme, me permitió apoyarme en usted desde el primer momento con la esperanza de que su mera presencia provocase la huida alocada del tumor que poblaba mi espalda”. “-Al escuchar sus palabras la emoción me embarga, lo mismo que hizo el banco el mes pasado por no estar al corriente con las cuotas de mi préstamo hipotecario –repuso el cirujano enjugándose las lágrimas con los bajos de la bata de la enfermera que acababa de hacer acto de entrada para dar soporte al proceso de desconectar el drenaje y desactivar la cámara de vacío sobre mi herida-“. El cirujano se puso entonces a los mandos de la aspiradora de drenaje. Puso el regulador a cero, el interruptor en OFF y, finalmente, desconectó el tubo del aparato haciendo presa del mismo entre sus maxilares y tirando luego con fuerza inusitada. “-¡Por fin!, -exclamó sonriente al tiempo que caían al suelo tres de sus piezas dentales-“. Aún así, el sonido característico del aspirador no cesó. “GORGOGLO… GORGOGLO… GORGOGLO…”. El galeno lo agitó primeramente con ambas manos, después le dio unos golpecitos con los nudillos y más tarde lo arrojó violentamente contra la pared, haciéndolo pedazos. “GORGOGLO… GORGOGLO… GORGOGLO…”. La iteración del sonido cortó en seco la sonrisa del matasanos, justo cuando se daba por vencedor. Entonces la enfermera confesó: “-Disculpen ustedes, es que hoy me he desayunado tres yogures de esos con bifidus activo, tratando de aligerar el atasco que tiene lugar en mis intestinos… y parece que ha empezado a surtir efecto”. Después, entre el cirujano y la enfermera tiraron de forma simultánea del cable desconectado del aspirador hasta hacer saltar la cámara de vacío generada sobre mi zona lumbar, compuesta por un cuerpo esponjoso sobre el que se había fijado un apósito totalmente plástico. Tanto la enfermera como el cirujano fueron a parar al suelo cuando el dispositivo cedió. Yo apenas noté molestia alguna, pero con el golpe el cirujano volvió a ver caer uno de sus caninos y otro premolar, mientras que la enfermera aprovechó la coyuntura para hurgar en el bolsillo de la bata de su colega y hacerse con los 1,20€ divididos en diversas monedas que el doctor había recogido en el hall de entrada del centro médico. “-Veamos –propuso el galeno, ya reincorporado, asomándose en primer lugar a la panorámica que ofrecía mi herida-“. “-¿Qué tal?, ¿Cuál es su primera impresión?, –le cuestioné de inmediato-“. “-No está mal, Miguel –me contestó el doctor, aireando poco convencimiento-. Habrá prendido ya algo así como el 80% del injerto. Yo habría firmado algo así al comienzo de la intervención quirúrgica, si supiese firmar. Pero el caso es que podemos aspirar a un 10% adicional de prendida. Así que voy a pedirle que redoble el esfuerzo en mantenerse en reposo todo el tiempo que pueda. Manténgase en decúbito prono, mientras las enfermeras se turnan las 24 hs del día para bañarlo en BETADINE. Pase lo que pase, ¡usted no se mueva!”. “-¿De cuánto tiempo estamos hablando, doctor –pregunté al galeno comenzando a angustiarme-“. “-Los diez primeros días son críticos, así que deberá resistir una semana más prácticamente inmovilizado salvo en lo concerniente a viajes astrales, viajes al lavabo y viajes astrales al lavabo –me aseguró el cirujano-“. Después miró a la enfermera y le ordenó señalándome con el dedo: “-De momento la inmovilización está en fase 1. Es decir, pónganle una piedra del 500 kg encima para fijarlo a la cama si fuese necesario, pero procuren que no eche a perder mi trabajo. Si el peso de la piedra no bastase, pasen a la fase 2… ya sabe… gruesos y largos clavos atravesándole las muñecas, un par de troncos de madera convenientemente cruzados y la presencia de un ladrón a cada lado. ¿Alguna duda?”. “-¡Tiempo, tiempo, tiempo! –exclamé haciéndome cargo del reto que tenía por delante-. ¿Cuándo empezará a correr realmente a mi favor?”. “-Lo ignoro, Miguel –respondió el galeno-. Yo ni siquiera uso reloj de pulsera. Y no sólo debido a que no me fio de mis colegas, que bien podrían escoltarle si pasamos a la fase 2, sino porque la cirugía se mide realmente en centímetros”. La enfermera hacía ademán de salir de la habitación, seguramente en busca del bidón de reserva de BETADINE, cuando el doctor la detuvo con una pregunta: “-¿Tienes planes para este fin de semana?”. “-¿Está usted pensando en una cena romántica, tal vez?, –inquirió la enfermera a título de respuesta-”. “-Bueno… -balbuceó el cirujano-… veré que puedo hacer con los 1,20€ que llevo en el bolsillo, pero realmente estaba pensando en servirme de sus suaves y delicadas manos para un poco de intimidad”. La enfermera sintió un pálpito en el corazón, que trató inicialmente de disimular, antes de ceder al torrente emocional. “-Será un honor para mí hacerle compañía, -acabó pronunciando la auxiliar sanitaria, un tanto turbada y con la tez algo colorada-“. “-¡Estupendo!, –repuso el galeno-. Recoja mis dientes del suelo y nos vemos este sábado a eso de las 20:00 hs a la luz de un quirófano para que me ayude a engarzarlos otra vez en su lugar de origen. ¡Ah!... y no hace falta que traiga cola de impacto, seguramente con las sobras de ese engrudo que se trae cada día de casa para el almuerzo será suficiente”. Cuando el doctor terminó su propuesta, la cara de la enfermera había dejado de lado su carácter angelical y presentaba ya serios trazos de ira… En otra época, y como resultado de un reconocimiento fotográfico del FBI, su cara hubiese bastado para acusarla de haber matado a “Manolete”. El caso es que desde ese día, mi cirujano suele ser visto desplazándose de un lado a otro por las instalaciones del centro hospitalario a base de puntapiés.

miércoles, 30 de mayo de 2012

30.05.2012 - La relatividad acampa en un quirófano.

Un “-¡Hola guapísimo!" fue la audición primogénita que llegó a mis oídos el pasado viernes, día 25 de mayo, al empezar a recobrar la consciencia en la sala de reanimación, tras mi última intervención quirúrgica.  El berrido surgió de las proximidades de la camilla sobre la que mi cuerpo se retorcía a causa del miedo, y tuvo su origen sin ningún tipo de duda en el velo del paladar de una enfermera, entrada en carnes y años a partes iguales, con dos plomadas por pendientes que ayudaban a sus orejas a tomar contacto con el suelo, una piel escamosa invadida por miles de surcos y un porte en su inseguro caminar similar al de una iguana. Flanqueando ambos costados de la enfermera, se situaban dos auxiliares sanitarias cuya única misión era estirarle la boca por ambas comisuras, para que su sonrisa cobrase aires caricaturescos y mostrase en su plenitud tres filas de piezas dentales en cada maxilar. “-Lo siento, -le contesté-, pero no puedo decirle lo mismo”. La enfermera realizó una ligera mueca denotando una desagradable repulsión hacia mi comentario, apretó sus tres filas de dientes para contener el llanto y alejándose tras dar un manotazo a ambas auxiliares, que aún le pinzaban ambos mofletes con sus manos enguantadas, profirió un extraño bufido gutural que rebotó por las paredes de la sala sonando a algo así como: “-¡Inyectadle dos unidades de ácido sulfúrico en los ojos a ese cabrón!”.
Recuerdo que lo primero en que se fijaron instantes más tarde mis ojos entreabiertos, presa todavía de cierta desorientación, fue en un haz disperso de luz proveniente del techo, que fue concretándose poco a poco hasta tomar la forma de un tubo fluorescente. Después capté la figura circular y las manecillas de lo que supuse era un reloj anclado en una columna de la sala, justo en frente de mí, e indicando claramente el transcurso de un par de horas desde mi postrero acto de presencia en un quirófano. Sin duda, este fue el detalle clave que me hizo comprender que acababa de visitar por tercera vez, en poco menos de cuatro semanas, esa sala fría y lúgubre, origen de inimaginables cicatrices que nos convierten a cuantos pacientes ocupamos cualquier planta del “12 de Octubre”, en befa, mofa  y escarnio del personal sanitario, el cual nos señala con el dedo mientras hace sus apuestas acerca de quién de nosotros será el próximo en dejar este mundo. Ciertamente, -pensé-  me hallaba del todo atrincherado y a la defensiva, también por tercera vez, en la sala de reanimación postoperatoria… y en ese lento despertar me hice a la idea de que la reciente intervención tenía que ver con un injerto de piel, así que palpé mis dos extremidades inferiores, bajo la sábana que me cubría el cuerpo, hasta cerciorarme que sólo una de ellas, la pierna izquierda, había ejercido de donante de tejido dérmico. Por último, en un intento de acelerar el proceso de “volver a la vida”, decidí frotarme los ojos, tras sobrevolar con mi mano por encima de un amasijo de cables que me mantenían conectado a una máquina carente de pudor, y sin otro afán que el de chivarse de mis constantes vitales a todo aquel que gustase contemplar el monitor que había ubicado en la pared, un metro por encima de mi cabeza. Al entrar en contacto los dedos de mi mano con mis propios párpados, sentí el pringue de esa crema que te aplican, una vez estás completamente anestesiado, la cual reduce notablemente el riesgo de ulceración debida al contacto con el metal de las monedas que son depositadas sobre tus ojos cerrados, en previsión de que más tarde te sea menester pedirle al bueno de Caronte que te ayude a cruzar en su barca la laguna estigia hasta alcanzar la orilla opuesta, sita en los mismísimos confines del inframundo regido por Hades.
La demora en la sala de reanimación se hace realmente eterna, en oposición a ese “segundo” mentalmente invertido entre cerrar los ojos en el quirófano y abrirlos después sobre una camilla abandonada en tierra de nadie y con el cuerpo probablemente descuartizado de forma irreversible. Naturalmente, es de suponer que esa es también la misma “eternidad” que sufren aquellos allegados a quienes el peso del tiempo pisotea en una ridícula sala de espera, mientras están abusando de ti en el quirófano. Así pues, como único pasatiempo, me recreé en revisar mis bancos de memoria al respecto de todo el proceso que empezó con los albores de ese día, y acabó por hacerme hincar la rodilla bajo el implacable dictamen del bisturí.
A eso de las 7:00 hs fui despertado por una joven enfermera, rapada y violenta como un hooligan, con un brusco encender de las luces de la habitación. Mi compañero de cuarto emitió un quejido inútil bajo la atenta mirada de desprecio de la asistente sanitaria y optó por reptar en silencio, huyendo del fogonazo luminiscente, hasta ubicarse bajo su propia litera. “-¡No sé qué esperas ver, viejo verde!, - gritó molesta la enfermera-. ¿No ves que llevo pantalones?”. Después, la joven puso su foco de atención en mi lento desperezar, que acompañó con una exposición clara del plan de acción: “-He venido a quitarte los apósitos sobre tu herida, -cosa que procedió a realizar de inmediato, mientras seguía dando rienda suelta a su monólogo-. En cuanto termine, pasas a la sala de ducha número 2 y te lavas con toda confianza, sin temer que el agua calcárea que fluye por las enmohecidas tuberías de nuestra ancestral instalación provoque la ebullición de los tejidos internos de tu herida, ya que el sifón de la ducha filtrará toda la sangre derramada y la trasladará por un conducto especial, hasta verterla sobre un cuenco de cereales que hay sobre la mesa de la consulta de la doctora “Abracadáver”, quien de esta guisa podrá disfrutar de un desayuno completo en cuanto llegue al trabajo. Cuando acabes de asearte, te pones el estúpido camisón de lunares de toda la vida, que encontrarás colgado en la misma sala de ducha, junto al último paciente que se negó en rotundo a vestirse con algo así. Te recuerdo que es la única prenda con la que más tarde harás acto de entrada en el quirófano, pero no te la abroches a conciencia por detrás de modo que el contacto con la tela, aún por lavar, pueda terminar infectando tu expuesto cráter lumbar antes de que vuelva a ubicar un mini-apósito de protección sobre el mismo… seguramente al tiempo que fustigo tus nalgas a discreción. Finalmente, te quedas en tu cuarto sin armar escándalo por espacio de unas tres horas, manteniéndote en ayunas salvo en lo concerniente a tus uñas, hasta que a eso de las 10:00 hs un celador venga a recogerte para trasladarte al quirófano, o directamente al depósito de cadáveres, según le parezca. ¿Tienes algo que añadir que, como de costumbre, no aportará valor alguno?”.  “´, -le indiqué con presteza-. Creo que con las prisas del cambio de turno has cogido en el vestuario, por equivocación, unos pantalones de “Konishiki”, unas 217 tallas por encima de lo que realmente precisas, y que allá por la segunda grosería de tu repertorio dialéctico cayeron al suelo, ayudados sin duda por la vibrante agitación de tu discurso a las juventudes moribundas, ofreciendo un panorama erótico a mi compañero de cuarto en nada conveniente a su dolencia cardiaca”. “-¡Sal de ahí, puerco!, -fue todo lo que acerté a escuchar de la joven enfermera, quien se apresuró a recoger y reajustarse los pantalones con la mirada fija en el sótano de la litera vecina, mientras yo corría ya en dirección a la ducha, atravesando algo azorado la tenebrosa penumbra del corredor”.
Con una puntualidad exquisita, se presentó la celadora en mi habitación a eso de las 8:00 hs, dos vueltas completas del minutero antes de lo previsto. Era la misma mujer que ya me bajó a quirófano en la anterior ocasión. “-Hola, -pronunció escuetamente-. Vengo a por ti”. Yo me quedé mirándola con cierto aire de incredulidad y unos instantes más tarde reaccioné: “-¿Qué horas son estas de andar incordiando, bruja? Me dijeron que la cirugía tendría lugar a las 10:00… y mi pareja no se presentará aquí hasta una media hora antes para velar por mis pertenencias, así que lárgate y deja que, por espacio de dos horas, siga hurgándome entre los dientes con este “clip” oxidado que hallé en el suelo y que seguramente te sirvió en su día para perforarte el tabique nasal de cara a poder llevar sujeto el lápiz”. La celadora volvió sobre sus pasos y, dejando la puerta de mi cuarto entreabierta, se dirigió al puesto de control de enfermería, donde “Konishiki” estaba sentada en su sillón de siempre, saboreando una infusión. “-Oye, -llamó su atención la celadora-… tengo un paciente de esta planta quien se niega a ser transportado al quirófano para el primer turno de cirugía plástica de hoy… y yo tengo anotado en mi tablilla que dicho turno se inicia a las 8:00 hs”. “-Es un error informático, -aclaró la ozeki-. El sistema indica siempre las 8:00 hs para el primer turno, sin tener en cuenta que los viernes se retrasa todo dos horas, por culpa de que los médicos deciden revisar conjuntamente a primera hora el declive de todos los enfermos de esta planta. Así que tu paciente tiene razón. Por cierto, ¿quién está hoy asignado en el primer turno de quirófano?”. “-Sí, -respondió la celadora-“. “-El del primer turno de quirófano, -afirmó “Konishiki”-“. “Quién, -respondió la celadora-“. “-El paciente asignado al primer turno de quirófano, -continuó aclarando la jefa de enfermería”. “-¡Quién!, -insistió la celadora”. “-El del primer turno de quirófano, -insistió “Konishiki” una vez más, sin perder la calma-”. “Quién está en el primer turno, -aclaró de nuevo la celadora-“. “-¿Me lo preguntas a mí?, -inquirió confusa la ozeki-“… “¡Basta!, -chilló la celadora bajo los efectos de la desesperación-“. Acto seguido y ante la atenta mirada de “Konishiki”, la celadora cogió una silla, la aproximó lo suficiente al reloj de pared y se puso en pie sobre su asiento. Luego abrió la caja de la esfera del reloj y operó sobre sus manecillas a conveniencia hasta que la aguja horaria se posó sobre el “10” y el minutero sobre el ”12”. Entonces, todavía desde las alturas, la celadora preguntó a la jefa de enfermería: “-Dime… ¿podemos convenir ahora en que son las diez?”. “-Desde luego que no, -confirmó “Konishiki”-“. “-Vale, entendí -le contestó la celadora, subida todavía en la silla-“. Y gritando a continuación en voz alta, una vez cerrada la portezuela de la esfera del reloj, espetó con regularidad: “- ¡Tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan!”. “-¡Las diez en punto!, -anunció la jefa de enfermería, tras llevar con sus dedos escrupulosa cuenta de los tañidos vocales-. Puedes bajar a quirófano al paciente”. Afortunadamente en medio de todo el jolgorio, mi pareja ya había hecho acto de presencia por lo que la celadora tuvo luz verde para empujarme dentro de mi litera por todo el corredor hasta la entrada de los ascensores. “Konishiki” se percató entonces que yo era el paciente del primer turno y corrió rauda a despedirme. “-¿Te injertan ya?, -me preguntó-“. “-, -le contesté mientras la celadora introducía a golpes la camilla dentro del ascensor-. ¿Debería tener miedo?”. “-En absoluto, -me respondió con seguridad la ozeki-. Llevo más de 15 años en este hospital, y ese ascensor jamás ha fallado”. Acto seguido, las puertas del ascensor se cerraron cercenando de cuajo la mano con la que “Konishiki” dibujaba en el aire un adiós y el chirriante engendro mecánico inició su descenso al infierno, con la luz interior apagándose de forma intermitente y chocando repetidas veces contra las paredes del hueco.
Al llegar a la 2ª planta, el ascensor dio un brusco salto y se detuvo dos metros por encima del nivel del suelo. La celadora no se inmutó por ello y empujó mi camilla con el pie, fuera de la cabina, provocando que rebotase en varias ocasiones sobre el pavimento, conmigo de huésped, antes de acabar asentándose milagrosamente sobre sus cuatro ruedas. A continuación la harpía introdujo dos de los siete dedos de su mano en la boca y desde su atalaya emitió un silbido, siendo relevada por un joven auxiliar en la tarea de transportarme hasta el quirófano número 30. Transitamos durante poco menos de dos horas por un laberinto reiterativo de pasadizos, trazando círculos hasta que la jefa del puesto de control de quirófanos, ubicado tras un par de puertas abatibles junto al ascensor, exclamó: “-¡Por el amor de Dios, es aquí!”.
Una vez rebasado el control de quirófanos, y tras ser positivamente identificado merced a un código de barras serigrafiadas sobre una sólida placa de barro cocido, que llevo permanentemente soldada a la lengua, mi camilla fue momentáneamente desatendida en un pasillo por el que se accede directamente a las salas de quirófano. A los pocos minutos vino hasta mi posición una auxiliar de quirófano al borde de la jubilación y exhibiendo una ostentosa cojera, para extenderme con su mano el clásico gorro verde de matadero, ordenándome a continuación sin ningún tacto: “-¡Póngaselo!”. “-¿No tiene algo más sport?, -me quejé-“. “-En verde no, -fue la contestación de la auxiliar-“. Después la mujer examinó mi expediente clínico que viajaba junto a mí sobre mi abdomen y preguntó: “-¿De qué van a operarle?”. “-No van a operarme a mí, sino a usted, -le repliqué bajándome de la camilla-. Ande y túmbese en mi lugar”. “-¡Oh, gracias!, -exclamó sonriente, aceptando el gorro que le ofrecí tras desencasquetármelo de la cabeza”. “-¿Lleva usted joyas, pearcings, alguna prótesis, el vómer de platino por culpa de la cocaína, nudilleras metálicas, granadas de mano?, -le pregunté a continuación-“. “-Pues sí, -me respondió-. Llevo un diente de ajo, dos de sierra y tres de oro”. “-¡Vaya, así no puede entrar al quirófano!, -exclamé-. Está visto que tendré que entrar en su lugar, haga el favor de salir de la camilla y devuélvame el gorro”. “-¡Qué contrariedad!, -gritó la auxiliar con frustración y alzando las manos-”. Acto seguido descendió de la camilla dando un pequeño salto, justo cuando yo retiraba la mano que le había ofrecido inicialmente como apoyo, y desde el suelo, con las cervicales seguramente descoyuntadas, me pasó una vez más el gorro. “-¿No tiene algo más sport?, -le pregunté metiéndome de nuevo bajo las sábanas-“. “-En verde no, -volvió a ser su respuesta-“. “¡QUIRÓFANO 30… LISTO!, -se oyó en ese momento por el altavoz”. “-¡Yo le llevo!, -exclamó otro fornido auxiliar de quirófano, empujando mi camilla por encima de su compañera aún en el suelo, a la que ninguno de los dos prestó atención alguna-”.
La gélida sala de quirófano estaba ampliamente iluminada, merced a una farola de la calle que habían doblado con ayuda de un soplete, hasta que su foco logró entrar por una de las ventanas. En términos cromatográficos, el quirófano presentaba todos los tonos de verde conocidos en paredes, techo, suelo, mesa de quirófano, uniformes de todo el personal sanitario allí presente y el contenido de una lata de albóndigas pasada de fecha que estaba desayunando en esos momentos mi cirujano, mientras realizaba ejercicios ante un espejo, enfundando y desenfundando su pistola de grapas. Al percibir la entrada de la camilla empujada por mí y con el celador agazapado bajo las sábanas, el cirujano exclamó: “-¡Buenos días, Miguel!, ¿Estás listo?”. Sin esperar mi respuesta, procedió a presentarme a toda la concurrencia, apretando accidentalmente el gatillo de la pistola que había en sus manos y provocando que seis grapas fuesen a parar a sus cejas. “-Las dos muchachas que manejan la manguera de agua a presión sobre la mesa de quirófano, tratando de despegar las vísceras de mi anterior paciente, salieron ayer de la cárcel y son capaces de hacer cualquier cosa, incluso sustituirme si la cosa se pusiese fea, a cambio de una dosis de metadona. Un poco más atrás de ellas, apurando el cigarrillo y recostado sobre dos enormes balones de oxígeno, se halla mi auxiliar de quirófano, cuya misión principal es cauterizar con su mechero cualquier hemorragia interna que mis nervios puedan ocasionar. Y para acabar, las dos jóvenes que hay a tu derecha, todavía en primer curso de veterinaria, son la jefa de anestesiología “Duérmete-Niño” y su auxiliar “Duérmete-Ya”, quienes inicialmente se ocuparán de ti mientras reviso con el auxiliar de quirófano el instrumental que aún no hemos empeñado”. Antes de que me diese cuenta, me encontraba tumbado sobre la mesa de quirófano, con un puñado de electrodos atravesándome el pecho y una diadema metálica en la frente, con la que las anestesistas controlan el efecto de su matarratas a partir de las ondas cerebrales que terminen huyendo de mí como alma que lleva el diablo. Finalmente… se abrió el grifo del licor de adormidera que empezó a gotear en dirección a mis venas. “-Cierra los ojos y piensa en algo agradable, -me sugirió “Duérmete-Niño”. “-Te daré una pista: he venido sin ropa interior al trabajo, -añadió “Duérmete-Ya”. “-Sois las dos anestesistas más hermosas que he visto en mi vida, lo cual, realmente, no dice nada a vuestro favouuurrrrgggg, -razoné cerrando los ojos y perdiendo el conocimiento en un periquete, como hace años no sucedía desde que Mike Tyson dejó de reinar sobre los cuadriláteros”.

“-Hola, Miguel. ¿Qué tal va todo?, -exclamó de repente mi cirujano obligándome a abandonar el turbio mundo de los recuerdos y descender vertiginosamente sobre la realidad que me mantenía postrado en la sala de reanimación-. La operación ha sido un fracaso. Afortunadamente para ti, operé en primer lugar al celador que había tendido en tu camilla y con las lecciones aprendidas he logrado mejorar mi procedimiento. Contigo los resultados han sido otros, pero no anticiparé nada hasta que revise tu cochambrosa herida dentro de unos días. ¿Ves la máquina que hay detrás de mi siniestra figura?”. “-No, -le respondí al instante-“. “-Pero al menos, mi siniestra figura sí la verás, -observó el cirujano-. Bien, el ingenio electrónico se trata de un aspirador de drenaje que conectaremos a tu herida cuando estés en planta, dentro de 23 meses. A partir de ese momento sólo podrás ponerte en la cama boca abajo o estirado de lado hacia tu derecha. Por el vendaje compresivo que llevas sobre tu despellejada pierna izquierda no te preocupes. Es un compendio de tres capas: una secante, otra desinfectante y una tercera plagada de melaza y larvas de hormigas carnívoras, que en el momento que tu piel se regenere y la lluvia arruine el día de picnic de las hormigas, se desprenderá por sí solo, probablemente junto con tu pierna. ¿Alguna pregunta?”. “-, -acerté a decir, obligando a rectificar el amago de largarse que el doctor había emprendido tras su pregunta, del todo retórica -. ¿Cuánto tiempo permaneceré conectado a la máquina de drenaje?”. “-El mismo que la máquina de drenaje a ti, -respondió con firmeza el galeno-. En cualquier caso, los diez primeros días tras el injerto son decisivos para saber si toda la porquería extraída de tu pierna acaba prendiendo, o bien nos veremos obligados a arrancarlo todo a tirones y tapar el enorme agujero de tu región lumbar con un carrusel a juego con tu tono de piel y una cortina estampada”. Después, con paso corto, semblante taciturno y sujetando un maletín con herramientas de forjador en su mano izquierda, el cirujano abandonó la sala de reanimación poniendo rumbo de nuevo al quirófano 30, donde tenía por delante un fin de semana entretenido, tratando de volver a enderezar la farola cuyo foco entra impunemente por una de sus ventanas.

jueves, 24 de mayo de 2012

24.05.2012 - Ora et labora tras la fumata blanca.

En el día de ayer, el cirujano que ha barrenado mi espalda, rompió con una de sus más infames costumbres y eligió la hora de la comida para hacer acto de presencia en mis nuevos aposentos. “-¡Fumata blanca, Miguel!, -exclamó exaltado tanto por las noticias que traía como por la posibilidad de hurgar en mi bandeja de comida que me apresuré a defender depositándola en un rincón del habitáculo y rodeándola a continuación por un cerco de alambre de espino-. El laboratorio ha hecho público finalmente el diagnóstico de su estudio inmunohistoquímico, que ha venido ocupándole por espacio de estas tres últimas semanas. También le confirmo que voy a intervenirle el próximo viernes, día 25 de este mes, a las 10:00 hs,  para practicarle un injerto de piel tratando de paliar en la medida de lo posible esa enorme brecha que logra que su región lumbar apeste, al tiempo que mancha mi reputación profesional”. “-Ya sabe doctor que estoy en sus manos, -repuse tratando de mantener la calma-… y que sus manos son una vergüenza para la cirugía. Ahora me gustaría empezar por el principio y revisar un poco las conclusiones de esa anatomía patológica antes de que me detalle la carnicería que tendrá lugar pasado mañana”. “-Me lo temía, -repuso el galeno-. Pero en fin, esta es su decisión. El análisis del laboratorio es exhaustivo, con más de quinientas variables que han sido pormenorizadas con detenimiento y argumentadas con ayuda de un par de dados permanente arrojados contra el suelo por personal cualificado trabajando sin descanso montando turnos diarios de 8 horas. Dicho informe se lo daré más tarde por escrito, para que pueda aprender a leer. De momento, quisiera resaltar tres conclusiones importantes. La primera es que usted llegó de Aranjuez y empezó a arrastrarse sin dignidad por mi consulta con un informe bajo el brazo que aseguraba que su tumoración atendía a la denominación de fibro histiocitoma maligno de grado I; es decir, baja agresividad. Los resultados de nuestro laboratorio desmienten dicha falacia categóricamente y bautizan a su bebé como leiomiosarcoma de grado III; es decir, sumamente agresivo”. “-¿Sabrán hacer algo a derechas en el hospital de Aranjuez?, -protesté contrariado-“.  “-Antes de alquilar un B-52 y asolar hasta los cimientos de su centro sanitario de origen, permítame proseguir, -me interrumpió el cirujano-. La segunda conclusión alrededor de un tipo de sarcoma de partes blandas como el que describe el laboratorio de este hospital es que este maloliente engendro resulta ser también uno de los peores y más mortíferos adversarios. La probabilidad de regenerar en su organismo una metástasis letal de aquí a cinco años se sitúa genéricamente entre el 30% y el 40% para este tipo de sarcomas, factor que sólo es superado en dos décimas por el menú alimenticio que se distribuye rutinariamente en este matadero. Sin embargo, y he ahí la buena noticia, la tercera conclusión hay que centrarla sobre el subtipo de sarcoma, catalogado de cútaneo, una "rara avis" dentro de la especie que difícilmente hace acto de presencia en la espalda, como ha sido su caso, y que normalmente puede exterminarse del todo con una resección amplia del tronco desde la base del cuello hasta las nalgas que no me dejaron practicar”. “-¿Qué quiere decir exactamente?, -pregunté algo aturdido por la hemorragia de información que no acertaba a digerir-“. “-Quiero decir que mediante la resección amplia de 5 cm alrededor de la masa tumoral (de casi 750 gr.) que se extrajo de su región lumbar, y siendo esta resección totalmente limpia, según atestigua también el informe del laboratorio que he falseado para mejorar mis estadísticas, usted debería estar fuera de peligro con una altísima probabilidad… si no fuese porque de aquí a 48 horas volveré a intervenirle”. “-¿Ya está? ¿Eso es todo?, -seguí interrogando al galeno con la sospecha de que aún quedaba bastante por descubrir-“. “-¡Por supuesto que no!, -respondió el cirujano, tomando asiento junto a mí en un extremo de la cama-. De esta tipificación tumoral derivará una estrategia oncológica que yo no lideraré. Siendo así, no le diré mucho más en materia de tratamientos radiológicos o quimioterapéuticos posteriores y dejaré que los expertos se pronuncien cuando llegue el momento. Ahora, lo que conviene es cerrar ese yacimiento petrolífero que parece albergarse a ambos lados de su espina dorsal. Y para ello voy a practicarle un injerto”. “-Eso sí que no me gusta, -protesté-“. “¿Por qué? ¿Sabe usted lo que es un injerto?, -preguntó sorprendido el cirujano-“. “-Sea lo que sea, no me gusta, -volví a esgrimir de inmediato-“. El galeno adoptó entonces una pose pensativa: dirigiendo su mirada hacia el suelo, terminó elevando un poco su pierna izquierda, entrecruzando de inmediato los dedos de sus manos sobre la rodilla de dicha extremidad. A continuación echó el tronco hacia atrás, para iniciar un suave balanceo que fue creciendo en intensidad hasta precipitar sus huesos contra el suelo, por la otra vertiente de la litera.
Justo en el momento en que el cirujano procedía a erguirse de nuevo, recolocando sus gafas  y sacudiéndose el polvo de la bata, “Konishiki” abrió la puerta, untó su cuerpo con mantequilla y entró decididamente en la habitación. Con su típica expresión afable y bonachona tendió al matasanos un cuadrante de cartulina engarzado en una tablilla y un bolígrafo que llevaba asegurado en su bolsillo, para que el doctor indicase en él sus próximos turnos de quirófano. El galeno estudió el cuadro unos instantes y marcó con una cruz una de las casillas, devolviéndole la tablilla y el bolígrafo a la jefa de enfermería. Ésta examinó la indicación del cirujano y procedió a trazar un círculo sobre la casilla situada inmediatamente a la derecha de la emborronada por el doctor. Acto seguido volvió a suministrarle el cuadrante al cirujano. Yo observaba la escena sin entender demasiado a qué venía tanto ir y venir de la tablilla de unas manos a otras, pero el cirujano, con rostro visiblemente relajado, volvió a repetir la operación, marcando con una cruz justo debajo del círculo trazado por “Konishiki” y volvió a traspasarle el cuadrante a la enfermera. Al examinar la nueva marca del galeno, la ozeki de la octava planta frunció el ceño y se quedó pensativa por unos instantes. El cirujano la miraba con impaciencia haciendo ademán de querer recuperar la tablilla y el bolígrafo de forma inmediata. La jefa de enfermería se decidió finalmente por trazar otro círculo a la inmediata derecha de la última marca del galeno, quien ya no supo contenerse y arrebató a la desesperada el cuadrante de las rollizas manos de “Konishiki”, asió crispadamente el bolígrafo con su mano derecha y exclamó con rotundidad: “-¡Ja!”. Acto seguido volvió a garabatear otra cruz bajo el último círculo dibujado por la enfermera y devolviéndole la tablilla y el bolígrafo aseguró: “-¡Tres quirófanos en raya… en diagonal! ¡El marcador me favorece ahora en términos de 134 a 0!”. “Konishiki” revisó las conclusiones de la batalla sobre el papel-cartón. Arqueó apenas una ceja y con semblante meditabundo abandonó la estancia cerrando tras de sí la puerta con suavidad.
“-Estábamos hablando del injerto de piel, -retomó la conversación el galeno justo donde pensó que la habíamos dejado-“. “-Usted estaba hablando del injerto, yo sólo estaba escuchando sin dar crédito, -repliqué al cirujano-“. En eso volvió a entrar una nueva enfermera a la que el doctor solicitó que descubriese mi herida para ver su aspecto y tomar algunas referencias métricas. La enfermera asintió con la cabeza, desapareció por unos instantes y volvió a la habitación arrastrando el carrito de curas donde en su primera leja podía divisarse una cinta métrica, un sextante y un manual aclaratorio acerca del sistema métrico decimal. A esas alturas yo ya andaba tumbado en la cama, boca abajo, tras proveer de la desnudez suficiente a mi torso, esperando la sensación fría del alcohol sobre las cintas de esparadrapo que sujetan el vendaje, a efectos de que estas se desprendan mejor. Unos leves tirones más tarde, mi herida estaba totalmente al descubierto y el cirujano comenzó su exploración táctil. Después sacó unas cuantas fotos, tanto de mi herida como del vehículo que estaciona a diario en su plaza de aparcamiento, visible desde la ventana de mi estancia, para proceder a su denuncia. Finalmente apuntaló sus conclusiones haciendo uso de la cinta métrica. “-Veamos, -pensó el cirujano en voz alta-. Se trata de una forma elíptica con una diagonal mayor de 24 centímetros y una diagonal menor de 17”. “-Eso es exactamente lo que miden mis glúteos, -observó la enfermera”. “-Es que he medido sus glúteos, -repuso el galeno-. Por contra, para recubrir toda esa destrucción lumbar, bastará con sacar dos finas láminas de piel de la cara anterior de ambos muslos del paciente. Así que háganselos afeitar mañana y llegado el viernes, antes de amordazarlo y arrastrarlo en contra de su voluntad al quirófano, denle una buena ducha y dos manos de “LOCTITE”. Si los injertos de piel no terminasen de prender tendríamos que comenzar de nuevo y eso implicaría una complicada intervención inicial que devolviese al lugar de origen a ese sarcoma, que hoy por hoy vive como un rey dentro de un frasco de formol”. “-¿Alguna cura específica durante estos dos últimos días?, -inquirió la enfermera-“. “-Uhmmm… A estas alturas no experimentaremos más con nada que nos resulte desconocido, -indicó el cirujano-. Limítense a azotar salvajemente al paciente cada 4 horas, para que vaya acostumbrándose al umbral de dolor que deberá soportar de ahora en adelante y por el resto de sus días”. Dicho esto, el galeno le dio un par de besos al armario que hay justo en la entrada de la habitación y marchó raudo por el pasillo, estirando el paso a más no poder, poniendo rumbo hacia la piscina de bolas de colores que hay en la zona recreativa infantil del hospital, con la clara intención de pasar allí la noche.
Por mi parte, había sacado los alicates del cajón de mi mesilla auxiliar y andaba entretenido cortando el alambre de espino con el ánimo de liberar la bandeja con mi comida, cuando una voz que en principio me sonó familiar, me atacó aviesamente por la retaguardia. “-Buenos días, estimado y conflictivo paciente”. Al girarme reconocí de inmediato la tez mortecina de la doctora Abracadáver. “-¡Vaya!, -exclamé-. Espero que dentro de mi bandeja de comida haya suficiente ajo”. La doctora se aproximó lentamente hacia mí, con un brillo infrahumano en sus pupilas y una estremecedora sonrisa en sus labios. Extendió su esquelético brazo en dirección a mi rostro y abrió ante mis ojos la palma de su mano derecha, mostrando tres pequeñas cápsulas de vivos colores. A continuación me explicó mis elecciones: “-Si tomas la pastilla de color verde, serás por siempre feliz bañado en tu propia ignorancia, que no es poca. Si por el contrario optas por la pastilla roja, tu vida dará un cambio inimaginable donde pagarás en arrepentimiento el precio de conocer la verdad. Finalmente, si te quedas con la pastilla azul, no saldrás del lavabo en 48 horas ya que se trata de una bomba en materia de quimioterapia que he robado del laboratorio oncológico”. No quise pensarlo demasiado, así que tome las tres cápsulas, me las introduje en la boca y me ayudé de medio litro de agua para tragármelas de una maldita vez. “-Osada actitud la tuya, -me indicó la radioterapeuta-. En el fondo y por esta vez has salvado la vida ya que se trataba de tres simples muestras de regaliz, pero quería comprobar por mí misma hasta qué punto nuestro desencuentro del otro día fue casual. Por tu comportamiento vehemente deduzco que tu escaso cerebro vive anegado en frustración y con algo de mi ayuda y la de este respirador que guardo en esta caja, bajo mi brazo, habrías pasado al lado oscuro esta misma tarde. Sin embargo, no estoy aquí por eso, sino porque he leído el informe que ha emitido el laboratorio y he venido a confirmarte que pase lo que pase en un futuro, no voy a tratarte con radioterapia, dada la brillante resección que ha logrado tu cirujano”. “¡Oh, claro!, -exclamé después de la andanada de la vieja bruja-. ¡La pasividad al poder! No sé por qué, viniendo de usted, no me extraña en absoluto”. “-¿Qué tiene de extraño quedarse de brazos cruzados?, -me preguntó entonces la radioterapeuta-. El azar también cuenta en la vida… ¡y hasta un reloj parado, cuyas manecillas no se mueven jamás, marca con precisión la hora dos veces al día!”.
La doctora Abracadáver se retiró entonces deseándome una exitosa intervención quirúrgica y una pronta recuperación, lo cual contrasta notoriamente con mis deseos de que se fracture la nuca tras pisar una mondadura de plátano bajando las escaleras. También puede que no fuese del todo sincera… o tal vez sí. Ya nunca lo sabré. De momento ando entusiasmado con la percepción de cualquier tipo de avance, o incluso de un simple cambio, después de las últimas semanas de letargo. En consecuencia, no tengo duda (y lo digo con mayúsculas) de que mañana viviré en el quirófano “OTRA JORNADA PARA LA GLORIA”… ¡Traedme a Gloria y se la daremos!

23.05.2012 - Noches de radio.

En la antesala de la medianoche del pasado sábado, día 19 de mayo, mientras los muniqueses lloraban amargamente su enésimo euro-revés futbolístico a pies de integrantes de la Pérfida Albión, y yo andaba pensando ya en atusar los almohadones sobre mi lecho para tumbarme boca abajo y sufrir la derrota diaria ante Morpheo, los goznes de la puerta de mi zulo, hasta entonces herméticamente cerrada, emitieron un quejido lastimoso, la amplia hoja de madera basculó y dos enfermeras invadieron mi espacio íntimo mientras echaba el último sorbo al vaso de zumo artificial que te sirven a eso de las 23:30, con un alto contenido de acidulantes, edulcorantes, conservantes y colorantes que, actuando de forma conjunta, constituyen una óptima alternativa a un tratamiento de quimioterapia.
“-Te traemos un compañero –dijo la primera de las enfermeras que osó traspasar la entrada, una joven pelirroja de tez cadavérica, brillantes ojos verdes y una sonrisa tan artificial como el zumo que en esos momentos me roía el páncreas-”. ¡A ver si te dura un poco más que el anterior!”. “-¿Qué inconveniente hay en que los pacientes entren en el hospital sin tanto estruendo y en un horario normal y al uso?,  –repliqué algo contrariado-“. “-Ha sido una intervención de urgencia y, por tanto, no prevista, -me corrigió de inmediato la enfermera, antes de que mi arrebato pasase a mayores-. Como usted bien sabe, en los fines de semana no hay quirófanos programados y las prácticas quirúrgicas no tienen agendada una hora de comienzo. Además, hoy a media tarde sacamos la litera en desuso que había en esta habitación y usted debería haber supuesto que un futuro paciente la estaría reclamando”. “-Ya miré el libro de reclamaciones y sólo hay quejas de enfermos por malos tratos y amputaciones de miembros indebidas, fuera de los quirófanos, por culpa del cierre repentino y violento de las puertas de los ascensores, -comenté a la enfermera quien desatendía ya por completo mis ladridos y andaba pendiente de una inminente aparición de nuevos personajes por la entrada que da acceso a la estancia-“.
Pasados unos breves instantes y con el típico acompañamiento acústico debido a la acción contra el suelo del pasillo de los rodamientos de la camilla, hacía acto de presencia  con su cuerpo envuelto sobre la misma en una sábana un joven de unos 25 años de edad, exhibiendo sobre la litera cierto grado de consciencia, con su brazo derecho embutido en un ostentoso vendaje compresivo por debajo del codo y mantenido en alto por un artilugio lateral ubicado en el borde de la camilla. El joven resoplaba notoriamente al tiempo que, en señal de dolor, movía suavemente su cabeza de un lado a otro, haciendo notorio a la luz auxiliar de su camastro un fuerte hematoma sobre uno de sus pómulos, brutalmente inflamado, y un entramado de ostentosas rastas anormalmente largas y dispersas sobre su almohada a modo de antenas con las que establecer contacto con cualquier galaxia conocida. La camilla fue escoltada durante todo su proceso de arrastre (sin contar al celador que proveía al vehículo de fuerza motriz) por una segunda enfermera que sostenía las bolsas de suero y calmantes conectados a la vena del nuevo Bob Marley. Mientras el personal sanitario terminaba de apuntalar la camilla dentro de la habitación, me aventuré a romper el hielo dirigiendo hacia el nuevo inquilino el fuego de mi primera inquietud: “-El reggae desapareció en los pasados 80’s. ¿Dónde has estado desde entonces, muchacho… en hibernación?”. El joven dirigió su mirada hacia mí con evidentes signos de sorpresa, mientras los tatuajes adosados a su cuello latían de indignación al tiempo que el celador y una de las enfermeras abandonaban ya el cubículo; sin embargo, su atención realizó en seguida un violento giro y volvió a apuntar hacia la puerta de entrada donde se dejaron ver sus progenitores secundados por dos jóvenes agentes de policía.
La madre, mujer de baja estatura, rondando el medio siglo de antigüedad y ataviada con una desgastada bata de andar por casa (si viviera en una casa) y dos pares de gafas superpuestos,  estaba exclusivamente por la labor de enjugar sus lágrimas en un pañuelo entre desoladores suspiros y no atinó a decir nada. Fue el padre, también de corta estatura, enjuto, parapetado tras un semblante circunspecto y con cinco pares de gafas superpuestos , quien rompió el silencio para preguntar: “-¿Qué ha pasado, hijo?”. “-Todo ocurrió en un instante y no soy capaz de precisar con exactitud, -argumentó el rastafari-. Estaba tomando tranquilamente una copa en el sórdido antro que ofrece cobijo todos los sábados a mí y a esa pandilla de haraganes que lidero, cuando aparecieron tres guardias de seguridad y me sugirieron que marchase porque el local iba a cerrar. Yo les argumenté que acababa de pagar 8€ por el matarratas que estaba comenzando a fundir el vidrio de mi copa, aún a media asta. Por eso les pedí que me diesen algo de tiempo para terminarla y luego abandonaría en paz y armonía la osera con la ropa ya impregnada de ese característico tufo a cannabis. A partir de ahí, todos los recuerdos son vagos: un crochet de derecha sobre mi cara, mi cuerpo derrumbándose al suelo y los tres vigilantes moliéndome a patadas hasta lograr que la copa que aún aferraba en mi mano se hiciese pedazos y varios trozos de vidrio se amotinasen dentro de mi brazo, perforando tejidos, seccionando tendones y pidiendo a continuación asilo político”. “-Ya, -afirmó el padre con un gesto complementario dando a entender a la concurrencia que no había entendido ni papa-. ¿Y esos parásitos que tienes por amigos, no pudieron hacer nada?”. “-¡Claro! Negociaron durante siete horas con los vigilantes de seguridad, mientras unos y otros me pateaban de forma conjunta, hasta convenir en traerme a este hospital”. Los dos agentes de policía que habían permanecido hasta entonces inmóviles observando los acontecimientos desde una distancia prudencial, decidieron intervenir. Apartaron con ímpetu a ambos padres, que no se despegaban del marco de la puerta ni con disolvente, y una vez a la vista del “príncipe del reggae”, tomaron la palabra dirigiéndose  a ese amasijo de carne machacada que flotaba sobre la litera más próxima a la entrada: “-Buenas noches. Soy el agente OK y ella es la agente McKey. No sé bien la que has liado esta tarde en el garito de marras, pero lo cierto es que los guardias de seguridad te han denunciado. Eso implica que hasta que no se persone un juez en esta habitación, tenemos que someterte a vigilancia las 24 horas y nadie podrá acompañarte durante todo ese tiempo. Personalmente, no me queda claro que a cambio de comportarte como un sujeto pasivo te hayan propiciado la paliza de tu vida. ¿Tienes algo que añadir?”. La enfermera que todavía hacía acto de presencia  denunció de inmediato el abuso: “-Por favor, proceded a los interrogatorios más tarde. El paciente necesita ahora mismo descanso”. A partir de ahí todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. El agente OK propinó un crochet de derecha al pómulo de la auxiliar sanitaria cuya anatomía se desplomó como un castillo de naipes. Después entre todos los allí presentes la pateamos sin descanso durante dos horas, hasta que la agente McKey nos dio el alto y cargó con el cuerpo color ceniza de la inconsciente enfermera, a causa cómo no de las hemorragias internas, hasta ubicarlo junto al nuevo paciente, en su misma litera, para poder extender a ambos la vigilancia de 24 horas. Consecuentemente, todos los ocupantes de la habitación adoptamos posturas solemnes, como en un friso, mientras se hizo el silencio… interrumpido repentinamente por la emisora abierta de uno de los agentes de policía: “TRULI-TRULI, TRULI-TRULI… KJJJJJJ… alfa 1 para alfa 14… KJJJJJJ… TRULI-TRULI… tenemos una clave 7… KJJJJJJ… tres hombres y una mujer caminan desnudos por una angosta cornisa… KJJJJJJ… se precisa una cama elástica inflable y algo de ayuda… TRULI-TRULI”. “-Si no pueden enviar ayuda, envíen por lo menos a dos mujeres más, –añadí con el lógico temor al principio de acción-reacción de los agentes de policía ante mi consejo”.  Mientras tanto y desoyéndome por completo, estos se hacían con un par de sillones para sentarse en mitad del pasillo, con la puerta de la habitación permanentemente abierta y el detenido recién salido del quirófano junto a la maltrecha enfermera a la vista, dando así por inaugurado el primer turno en calidad de centinelas. Claro que dos horas después del primer turno sucedió el segundo y dos horas después el tercero. La noche se hizo eterna. Los cambios de turno propiciaban toda suerte de risas y comentarios en voz alta de los agentes entrantes y salientes. También se internaban periódicamente en la habitación iluminándola con sus linternas y procedían entonces a extender el interrogatorio sobre el joven: “-¿Pero qué es eso de que no has hecho nada? Los responsables de la seguridad del local te han denunciado, así que dinos por qué estamos aquí, aparte de para que no te propases con ese saco de huesos en estado vegetativo que yace a tu lado”. “-Esto sí que me indigna, -aseguró el joven tratando de vencer inútilmente el peso de sus propias rastas con un movimiento de su cuello hacia delante-. ¿De qué me pueden haber denunciado si no dieron pie a que pudiese reaccionar de ninguna manera?”. “-Seguramente llenaste el local de piojos, –respondí asqueado desde mi litera, consciente de que esa noche habíamos entrado en una dinámica que haría inútil tratar de dormir siquiera media hora-“. “TRULI-TRULI, TRULI-TRULI… KJJJJJJ…alfa 1 para alfa 14… KJJJJJJ, -volvió a crujir la emisora-… TRULI-TRULI… tenemos una clave 9… KJJJJJJ… intento frustrado de suicidio de un hombre de mediana edad con cinco pares de gafas superpuestos y sumergido en la bañera de casa con una tostadora de pan en sus manos… KJJJJJJ… necesitamos reparar la tostadora y auxiliarle para que pueda enchufarla… TRULI-TRULI”. “-¡Así se hace, viejo!,  –vibró de entusiasmo el rastafari-. ¡Sí señor… con un par!” A todo esto, dos enfermeras emergieron de su puesto de control y comenzaron a avanzar con paso decidido hacia la habitación por el oscuro corredor, chistando y haciendo ostentosos aspavientos con los que recordar a los desalmados agentes que un hospital precisa de silencio durante la noche para el reposo de los enfermos, pero fueron repelidas por los cuatro policías quienes, a título de ensayo en pleno cambio de guardia, no dudaron en abrir fuego al unísono y de forma indiscriminada.
Fue precisamente a raíz de semejante atrocidad que las enfermeras terminaron por urdir el plan decisivo. Ubicaron en el extremo opuesto del pasillo al que ocupaban los agentes de policía una cinta andadora, sobre la que fueron desfilando un interminable número de monigotes manufacturados a partir de palos de escoba, unos cuantos pijamas sucios pendientes de mandar a la lavandería y partes inútiles de su anatomía que ciertos pacientes donaron gustosamente con tal de poder fallecer en silencio. “Konishiki”, en calidad de mandamás del turno de enfermería de noche, se encargó de deshilachar una sábana y obtener de ella un buen número de retales de tela de tono blanquecino que rotuló a posteriori con una vistosa cruz de color rojo, a modo de cofia sanitaria, y ubicó en la parte superior de todos los señuelos, de manera que avistados desde la lejanía pareciesen enardecidas enfermeras corriendo en dirección al puesto de guardia, gracias al rotativo empuje de la cinta de caminar.  Por último pusieron el artilugio en marcha, al tiempo que otra auxiliar sanitaria juntaba los bornes de un desfibrilador reproduciendo un tenebroso relámpago en mitad de la penumbra del corredor, alertando sin duda al jovencísimo cuarteto de agentes que de este modo se vio obligado a suspender la timba ilegal de póker que habían puesto en marcha, origen de su permanente algarabía. Los cuatro agentes se organizaron en “formación Dalton”, es decir, en fila india y orden creciente de estatura orientada hacia el invento electromecánico construido por el enemigo. A continuación, sonaron más de 400 disparos que no lograron hacer blanco más que en las paredes y el techo del corredor. “Konishiki”, ayudada por una larga vara que normalmente se utiliza para reconducir desde la distancia a ciertos pacientes inconformistas hasta la sala de electrocardiogramas, iba derribando algún que otro monigote sobre la cinta desde un ángulo muerto, inaccesible a la munición de los agentes que abrían fuego de forma incesante, con objeto de que la moral de estos no se viniese abajo y siguiesen desperdiciando munición hasta su total agotamiento. Llegado el momento propicio cesaron las detonaciones y los agentes intentaron reaprovisionar sus armas huérfanas de balas incrustando nuevos cargadores que llevaban sujetos en el cinturón. Fue inútil. “Konishiki” ya se desplazaba en dirección a sus cuatro enemigos al trote cochinero y, ataviada únicamente con un mawashi improvisado a partir de seis toallas chapuceramente anudadas, se detuvo en el punto óptimo de su recorrido, extrajo una diminuta cerbatana de su moño y abatió a las “fuerzas del desorden” merced a cuatro certeros dardos somníferos. El pasillo dejó de retumbar. “Konishiki” había ralentizado al máximo el ritmo de sus pasos, cuando se situó a la altura del acceso de entrada a mi habitación, sorteando los cuerpos de los policías que yacían adormecidos en el suelo. Miró hacia el interior y vio al rastafari tembloroso y tendido junto a su inerte compañera en la primera litera y a mí sentado en la segunda, contemplando a través del cristal de la ventana el incipiente amanecer. Eran las 6:00 hs de la mañana. Entonces “Konishiki”, ubicada todavía en el pasillo, cogió del suelo el receptor de la emisora de uno de los agentes, abrió uno de los canales y replicó: “TRULI-TRULI, TRULI-TRULI… KJJJJJJ… alfa 14 para alfa 1… KJJJJJJ… ¿Quién se apunta al próximo turno de guardia?... KJJJJJJ… Sí… El del próximo turno de guardia… KJJJJJJ… Quién… El agente que haga el próximo turno de guardia… ¡Quién!... KJJJJJJ… TRULI-TRULI…  El del próximo turno de guardia… Quién es el del próximo… KJJJJJJ… ¿Me lo preguntas a mí?... KJJJJJJ… Alfa-Tango-Charlie… cambio y cierro… TRULI-TRULI”.  Dicho esto, el receptor volvió al suelo rebotando de mala manera y “Konishiki” pasó a inspeccionar de nuevo el interior de la habitación con su mirada, comprobando que yo aún seguía sentado sobre mi cama, de mal humor por no haber podido pegar ojo en toda la noche y ajeno a todo de forma voluntaria. “-¿Vas a darme la espalda durante toda la jornada?, -me preguntó la oronda jefa de enfermería en un intento de acercamiento, mientras untaba su cuerpo en mantequilla para poder rebasar el quicio de la puerta y adentrarse en la estancia”. “-El cirujano se adueñó de mi espalda hace tres semanas, -contesté con tono airado-. Tendrás que debatirlo con él”. “-Voy a cambiarte de habitación para que en la noche de hoy no vuelvas a padecer, -aseguró “Konishiki” con voz firme-. Lo siento mucho. Nos equivocamos. No volverá a suceder”. “-¡Menudo arreglo!, –grité del todo enfurecido-“. “-¡Pues al rey de esta gran nación le dio resultado!, -argumentó la enfermera encogiéndose ligeramente de hombros”. “-¿Y adónde me llevaréis ahora?, -pregunté con cierta preocupación-“. “-Voy a trasladarte de la 840 a la 832, -respondió “Konishiki” después de trazar círculos y efectuar triangulaciones sobre su cuadrante de mausoleos -. Es una habitación algo más espaciosa que ésta en la que ahora te hallas. Y el inquilino que ahora mismo la ocupa al 50% no es más que un despojo humano que rara vez pronuncia palabra, a quien intervinimos hace unos meses para trasplantarle las encías de su fox terrier y vuelve con regularidad al hospital cada 18 horas, ya que no conseguimos desenredar sus tirantes de la pata de la cama”.

Un par de horas después, me vi porteando todos mis enseres personales por todo el corredor de la octava planta, ya que las habitaciones de entrada y salida se ubican en sus polos opuestos, esquivando en el slalom a diversas enfermeras, familiares de las víctimas que padecemos a diario el implacable destierro sanitario y algún que otro carrito con material para esa avalancha de curas que termina enterrando invariablemente nuestros días de vida. Por último, sin el ánimo para una despedida cortés, al “fulanoma” de las rastas opté por ignorarle en mi postrero movimiento de traslación. Siempre he detestado a esa escoria sempiternamente reivindicativa que, lejos de prepararse para un futuro venidero, cree en su aportación colosal a esta sociedad mientras vive sin valores ni referencias a la sopa boba en casa de sus padres. Eso por no mencionar el gasto social que pagamos todos para que dos uniformados y torpes jovenzuelos, cuyo comportamiento ha comenzado dando escasas muestras de representar la ley, le vigilen las 24 horas. En definitiva, dibujé mis últimos pasos por la habitación 840 obviando por completo la presencia del “príncipe del reggae” y notando cómo mis dorsales, demasiado rígidos tras una noche por entero en vela, no me permitían coordinar los movimientos necesarios para seguir pateándole.