viernes, 15 de junio de 2012

15.06.2012 - Fuegoeluno.

Siguiendo los últimos y absurdos consejos de mi cirujano, mi despreocupación y yo yacíamos tranquilamente boca abajo sobre el camastro portátil que el hospital había puesto a mi disposición, cuando unos toquecitos suaves al otro lado de la puerta de acceso a mi estancia compartida, fuera por completo de mi alcance visual, dieron paso a la apertura de la misma de forma tímida e insegura, a juzgar por la queja interminable de sus bisagras mal engrasadas. Desde mi postura anteriormente descrita y con el pútrido BETADINE embalsado en la grotesca cavidad de mi región lumbar, amenazando con chorrear por doquier al más mínimo movimiento, el nerviosismo terminó por apoderarse de mí y sólo se me ocurrió asir el teléfono móvil y marcar el número de la policía, dejando a continuación el dedo pulgar de mi mano en vilo sobre el botón de llamada, como postrera medida de seguridad. Obviamente no podía ver lo que sucedía en mi retaguardia, lugar de origen de mi incipiente angustia, a no ser que retorciese mi cuello de forma inverosímil, tal y como la mayoría de enfermeras, mayormente heridas de consideración por mi ironía desde el día que ingresé en el centro sanitario, andaría deseando de buen grado promover con sus propias manos. “Il Calabrese”, mi compañero de penurias en esa fecha, reaccionó con celeridad: cogió un trozo de papel, garabateó enérgicamente sobre el mismo con un lápiz y acto seguido me pasó la nota, adecuadamente firmada y rubricada con una mano negra, que me apresuré a arrugar y lanzarle a la cara sin leerla siquiera. El hombre no se lo tomó a mal después de todo y comenzó a estrangularme más por rutina que por sentir la ofensa de mi conducta, al tiempo que insistía verbalmente: “-Quería decirle que por un módico precio estoy dispuesto a comentarle lo que sus ojos no puedan percibir… como si usted fuese uno de esos ciegos que va al cine y precisa de ayuda para entender lo que se muestra en la pantalla”. “-Bien sabe usted –le contesté al mafioso carcamal- que su hijo registra a fondo todos los días mi armario, los cajones de mi mesilla auxiliar, la maleta donde guardo mis pertenencias tras sacarme a punta de pistola la clave de los candados que sellan su cierre y que con la misma navaja con la que limpia sus uñas termina rajando invariablemente el colchón de mi litera cada tarde, a la hora de la siesta, sin que jamás haya encontrado dinero alguno. No obstante, he logrado averiguar la marca de mantequilla que usa “Konishiki” en cantidades industriales, dicho sea de paso, para embadurnarse el cuerpo y atravesar repetidas veces las puertas de las habitaciones. Quizás usted podría establecerse como intermediario entre el fabricante del producto lácteo y la jefa de enfermería y sacar su buena tajada”. “Il Calabrese” detuvo por un momento su impulso asesino, meditó en segunda instancia y tras un breve silencio remató la faena sentenciando: “-¿Traficar con burro (mantequilla)?... uhmmm… bueno… podríamos comprar lotes del producto pasados de fecha a precio irrisorio… y luego manipular a bolígrafo la reseña de caducidad… lo cual también nos daría pie a traficar con bolígrafos… uhmmm… ¡Bravo!... ¡Assolutamente luminoso! ¡Acconsento l’accordo!”.
El hijo de “il Calabrese” tomaba nota de todas las ideas que fluían desde la mente de su progenitor y las plasmaba en un pequeño bloc de páginas raídas y desgastadas por el constante uso, mientras sostenía en su otra mano el arma con la que apuntaba a las personas que permanecían petrificadas en la entrada de la habitación, sin atreverse a cruzar el umbral. Tras releer rápidamente sus propios apuntes, el joven se vio en la necesidad de preguntar a su padre: “-¿Sólo compraremos la mantequilla caducada, o también los bolígrafos?”.
En un primer instante el mafioso hizo como si pasase por alto la pregunta de su vástago, pero no tardó mucho en resoplar y enviarle una seña a su hijo para darle a entender que bajase el cañón de su arma automática… y aprovechase de paso para pegarse un tiro en el pie ya que “il Calabrese” debía seguir fingiendo una enfermedad coronaria para permanecer camuflado en el hospital y no hubiese sido bien visto que en esas circunstancias no mostrase afectación alguna perforando sin mayores preámbulos el pie de su propio retoño, tal y como en el fondo deseaba. A continuación el viejo se acomodó en su litera, hizo una nueva señal para que entrasen los ansiosos visitantes y, respetando nuestro pacto, comenzó a describir en voz alta todo cuando sucedía a mi alrededor.
Narrativa petulante de “il Calabrese: “-Una mujer y un hombre de mediana edad penetran en la habitación disfrazados con una ridícula bata blanca, que posiblemente no venga a cuento, a la vez que bailan un vals. La mujer es alta y delgada, exhibe ensortijados cabellos cortos de una oscura tonalidad rubia, tez pálida, ausencia de curvas en torno a sus caderas, pectorales lisos como una tabla de surf y semblante triste como si llevase semanas sin poder evacuar. El hombre, por el contrario, es moreno y regordete, con un prominente mostacho algo diezmado por la seborrea, una estruendosa cicatriz en la frente, una azotea rematada por un peluquín que parece caído de un quinto piso y calza unos zapatos italianos pulcramente relucientes gracias a un limpiabotas que lleva permanentemente atado por las orejas a uno de sus tobillos. Ambos bailan de pena, bien es cierto, pero al menos el hombre amortiza su lobotomía exteriorizando suficientes reflejos en su psique como para no dejar de explorar con sus manos las nalgas de su pareja de baile. Finalmente, la octava planta del hospital se queda sin flujo eléctrico y, mientras se llevan a cabo las gestiones oportunas para sacar el generador de corriente de emergencia de la casa de empeños, la música cesa, los bailarines se separan y se quedan de pie uno a cada lado de tu cama, más o menos a la altura de tu cintura, tal y como te hallas tumbado a merced de este par de lobos hambrientos”.
Por el tono de voz que surgió desde mi izquierda, adiviné que fue la mujer quién tomó sin más la palabra en primera instancia y de mala gana, ya que normalmente la venía tomando con galletas y ya no quedaba ninguna dentro de un envoltorio vacío y arrugado que permanecía sobre mi bandeja del desayuno aún por retirar.
“-Soy la Dra. “Fuegoeluno” –comenzó pronunciando la voz femenina-,  oncóloga de distrito especialista en torpedear químicamente todo lo que se mueva dentro de tu organismo, allá donde se mueva, e incluso aunque no termine de moverse. Me ha parecido oportuno visitarte,  y permíteme que te tutee, para establecer una toma de contacto inicial, tras examinar el informe del laboratorio emitido por el patólogo que ha venido conmigo y está situado ahora mismo al otro lado de su cama, contemplando absorto las descomunales dimensiones de tu herida expuesta”.
“-¡CUAC, CUAC!,  –saludó escuetamente el patólogo, mostrando poco interés y tendiéndome mecánicamente la mano hasta que esta se secó por completo-”.
Contagiándome inútilmente de dicho protocolo, traté de girarme para devolver el saludo y parte del desayuno, pero sólo acerté a percibir como mi viejo compañero de habitáculo, volvía a agitarse sobre su litera, abriendo los ojos como si se tratase de una vulgar lechuza en mitad de la noche. En un principio lo atribuí a una insana excitación asociada al vocablo “torpedear”, recientemente pronunciado por la oncóloga, el cual constituiría a buen seguro una nueva forma de violencia hasta entonces ajena al manual de procedimientos por el que se rige la mafia calabresa. Sin embargo, los ojos del viejo permanecieron abiertos como platos durante largo rato hasta que descubrí cómo su propio hijo andaba pisando accidentalmente el cable por el cual llegaba la medicación reguladora de la tensión arterial de “il Calabrese”.
-¡BANG! (se oyó repentinamente, pillándonos a todos los allí presentes por sorpresa).
Narrativa petulante de “il Calabrese (recuperando milagrosamente el habla): “-Tras pensárselo más de lo debido, mi hijo ha terminado por acatar mis precisas instrucciones y se ha disparado en el pie. El personal sanitario del centro, pese a estar la puerta de este cuarto abierta de par en par, hace caso omiso de la detonación confundiéndola con una de las explosiones frecuentes que suceden al manipular indebidamente los balones de oxígeno. Por otra parte, viendo como mana la sangre de la perforación que mi propio hijo se ha causado en el pie, parece que la entrada del proyectil ha sido limpia, aunque dejo el pronunciamiento definitivo en manos del personal de limpieza, o Froilán en su defecto, si es que decide aparecer y hacerle frente con hombría a los cinco dedos de pelusa que, a modo de moqueta, habitan permanentemente en el suelo de esta pocilga abandonada de la mano de Dios”.
“-Me hago cargo de la situación, viendo su espalda, -continuó la oncóloga su discurso a partir de donde lo había dejado-. Ahora entiendo muchas cosas del informe de laboratorio que en un principio intuí exageradas, como por ejemplo ese apéndice final que dedica a la eutanasia. Por descontado, lamento que esta primera toma de contacto tenga que ser así, sin podernos mirar a la cara, por lo que no me extenderé más de lo debido. ¿Padece usted algún tipo de dolor o molestia en estos momentos?”. “-Sólo hasta que usted se largue, -le confesé seguro de mí mismo-“.
Narrativa petulante de “il Calabrese: “-El patólogo, creyendo dar con la solución que la situación requiere, se desplaza hasta el cuarto de aseo anexo  y arranca el espejo que hay fijado en la pared, justo sobre el lavabo. Efectivamente, tras el espejo encuentra emparedado un frasco con una solución, aunque por completo inadecuada, ya que se trata de suero jabonoso al 3%, muy lejos de ser lo que buscaba, y que termina por sacarle los colores mientras una profunda decepción cobra vida en su semblante”.
“-¡CUAC, CUAC!, –volvió a oírse de los labios del patólogo, quien lejos de darse por vencido, trasladó el espejo recién extraído del servicio ubicándolo momentáneamente sobre el cabecero de mi cama, pensando (se entiende) que nos serviría a la oncóloga y a mí para establecer contacto visual de una vez por todas. Tras varios intentos infructuosos, buscando diferentes ángulos de incidencia de la luz sobre la superficie reflectante, tanto la doctora como yo seguimos sin vernos.
Narrativa petulante de “il Calabrese: ”-El patólogo percibe al fin las marcas de dos finos orificios en la cara interior de la muñeca derecha de la oncóloga, cayendo en cuenta de inmediato que esta ha sido mordida recientemente por la Dra. “Abracadáver” y que por tanto la imagen de la Dra. “Fuegoeluno” no volverá a reflejarse jamás en un espejo. Sus sueños de irse con la oncológa de picnic este mismo fin de semana  se vienen abajo. Esto no impide que ambos vuelvan a bailar un segundo vals, pese al hecho de que el primer vals aún mantiene al patólogo jadeando como un jabalí largamente perseguido por una jauría de perros de caza. Concluido el baile, ambos recuperan su posición original en torno a tu cama, cuyas sábanas no han sido cambiadas en los últimos quince días y muestran las evidencias de mil siniestras batallas”.
“-¿Entiendes todo lo ocurrido en estos días en torno a tu intervención quirúrgica y al sarcoma de partes blandas que te fue en principio extirpado? –me preguntó la Dra. “Fuegoeluno”, tratando de restablecer de nuevo la comunicación entre ambos-. ¿Necesitas algún detalle o información adicional?”. “-No soy adicto a husmear en busca de información de orden general –le respondí a la doctora-. La primera intervención quirúrgica me ha sido convenientemente explicada hasta el punto de entender que todo salió al revés de lo planeado y que navegamos desde entonces a la deriva. El laboratorio, a su vez, ha tardado una eternidad con su estudio inmunohistoquímico hasta pronunciarse al respecto de la tipificación del sarcoma y de la ausencia de focos de inflamación en los márgenes extirpados, pero he preferido digerir como buenamente he podido mi propia impaciencia y optar por no lanzarme a esa vorágine de datos inexplicables que habitan en Internet, ya que el mundo de los sarcomas en general no constituye ningún acicate para mi intelecto. Bien al contrario, lo único que quiero entender con detalle es todo lo concerniente a mi caso particular y escuchar pronto la opinión de los expertos, sabedor de que haciendo exactamente lo opuesto a lo que dichos sabelotodos me indiquen, mantendré alguna esperanza de sobrevivir a esta pesadilla”. “-Pues ahora mismo y dada la situación en que se encuentra tu herida, no podríamos hacer nada ni aunque supiésemos qué hacer –afirmó la oncóloga-, salvo, claro está, sentarnos encima a ver si de este modo detenemos la exudación continua de una vez por todas”. “-¿Y qué necesitaría usted para saber qué hacer –le pregunté a la doctora cuya voz parecía surgir siempre de las profundidades de la habitación-, aparte de estudiar la carrera de medicina?”. “-Bueno…  no es tan sencillo de explicar… -trató de exponerme sin perder la calma el bacilo de la catástrofe, desde dentro de su bata blanca-. En primer lugar, yo no decido nada, sino que simplemente seré tu portavoz permanente de todo aquello que el equipo de oncólogos de este hospital desee poner en práctica. En segundo lugar, y para hacernos una idea más exacta de la situación, en lugar de comprarla hecha, no bastará únicamente con la información proporcionada por el patólogo, sino que necesitaremos un punto de partida actualizado de tu organismo a partir de un nuevo escáner que te practicaremos. Por último, tu cirujano tendrá que trabajar muy duro sobre esta herida y llevarla a un estado digno de aplicación de radioterapia o quimioterapia, tratamientos que ahora mismo no podríamos administrarte caso de estar determinados en los profundos estudios que el Instituto Europeo del Cáncer recogía originalmente en 18 volúmenes de mil páginas, y que terminaron ardiendo por culpa de no testear en su momento si el bibliotecario era fumador, siendo sustituidos en su estante preferente por un tablero Ouija cuyo uso hasta la fecha y según indica la estadística aplicada está dando resultados prácticamente idénticos”. “-¡Pues la Dra. “Abracadáver”, vino hace unas fechas a exponerme, antes de proceder con el injerto de piel, que no procedería radioterapia alguna y que se desentendía de mi caso!, -especifiqué a la oncóloga en contraposición a sus deseos de seguir investigando sobre un camino aparentemente trillado-“. “-¡Paparruchas!, -exclamó la Dra. “Fuegoeluno”-. ¡Una radioterapeuta no decide por sí misma estas cosas! No digo que no acabe teniendo razón… simplemente no debe hacer pública una decisión como esta que aún no ha sido consensuada por todas las partes. Al tipo de sarcoma que moraba en tu miserable humanidad suele asociársele como terapia principal de soporte  la radioterapia… y son técnicas contrastadas y con más de 20 de años de vigencia, nada nuevo ni experimental… y eso que me muero por inyectarte lo primero que se me ocurra… ¡a ver si consigo que la ciencia avance de una vez por todas!”. “-¡Vaya!... -repliqué contrariado-, pues la Dra. “Abracadáver” no se ha conformado con informarme a mí de sus profecías, sino que ha hecho partícipe de ellas a medio hospital, incluyendo a mi cirujano plástico en jefe, por no mencionar las pintadas que ha realizado por las encaladas paredes de esta octava planta utilizando la sangre de algún incauto, cuyo grupo y factor RH no le convendrán a su estricto régimen, impuesto por el dietista de la secta satánica que la tiene abducida”.
-¡BLAM! (una interacción con la puerta, a priori desconocida, acabó oprimiendo el tímpano de los ocupantes de la habitación con el lógico sobresalto añadido, incluyendo al hijo de mi compañero de jaula a quien no le dio tiempo a desenfundar su arma, entretenido como andaba en la confección de un torniquete, a partir del cable del teléfono de la habitación, que evitase que la herida de su pie terminase por desangrarle).
Narrativa petulante de “il Calabrese”: “-El patólogo hace tiempo que escurrió el bulto, volvió al cuarto de aseo, taponó el lavabo, lo llenó de agua, se despojó de sus ropas y está chapoteando alegremente en él, no sólo poniéndolo todo perdido, sino también creído de que el patito feo al final deviene en cisne. Tu cirujano, a todo esto, acaba de entrar violentamente en escena derribando la puerta, de ahí la reciente y ensordecedora percusión. Después, ha realizado una espectacular voltereta en el suelo, mandando al infierno sus dientes recién implantados el pasado fin de semana, y ha terminado emergiendo de la misma con expresión altiva y un mando a distancia en la mano”.
“-¡Quietos todos o enciendo la TV!, –amenazó el cirujano decidido a llegar hasta las últimas consecuencias-. ¡Os he dicho que la herida de mi paciente no se toca hasta que yo os dé nueva orden… o acabaréis desgraciando el único injerto de piel de que se compone mi dilatada carrera profesional!... ¡Así que todos fuera de aquí, salvo los dos parásitos que duermen una noches si y otra también en esta habitación… y que venga la jefa de enfermería en servicio, que me va a oír respecto de las curas que estamos materializando sobre esa porquería de injerto que alcanzo a divisar desde mi privilegiada posición, si mi ojo no me engaña!”.
Narrativa petulante de “il Calabrese: “- La jefa de enfermería en servicio se presenta en el acto, arrastrando tras de sí el carrito con el material de las curas. Ahora que lo pienso, podría decirse también que se presenta después del acto… dada la sonrisa estúpida que exhibe ese medicucho que ha salido tras ella del prolijamente visitado cuarto de las escobas, poco antes de que la experta sanitaria se incorporase a la juerga.
“-Usted me dirá, -pronunció tímidamente la enfermera, quedando a disposición de las ordenanzas del cirujano-“. “-Mido 1.72, ya lo sabes, -repuso enérgicamente el galeno-. ¡Y yo seré el que ponga en práctica la próxima cura, así que presta atención porque a partir de hoy las quiero todas iguales!
Narrativa petulante de “il Calabrese: “-La jefa de enfermería corre la cortina intermedia, imposibilitando establecer contacto visual  entre ambas literas, lo cual alimenta el morbo pero obliga a suspender la transmisión de los hechos, ya que no veo una mierda. ¡Dios se apiade de tu alma de aquí en adelante, muchacho!”.
“-Lo primero que hay que hacer es situar al paciente sobre la superficie de trabajo en decúbito supino –indico el cirujano a la jefa de enfermería-. Después hay que eliminar la capa encostrada de la herida haciendo uso de esta lijadora profesional que puedes robar directamente de la carpintería de tu cuñado. Si tu cuñado carece de carpintería, por favor, móntale una. El lijado tiene que ser homogéneo y suave sin perder por ello consistencia. Si evitas enchufar el aparato y lo rascas todo a mano, ahorrándole sus buenos euros a la cuenta de gastos del hospital, tanto mejor. Cuando lleves una hora de lijado intensivo y con el hígado del paciente ya a la vista, tendrás que convenir que lo que realmente pedía esta intervención era un paciente tendido en decúbito prono y no supino. Así que le das un giro a la tortilla de paciente de unos 180 grados y sigues como si tal cosa procurando silbar una canción adecuada mientras te haces la loca. Cuando la herida de la zona lumbar vuelva a estar ante tus ojos repite el lijado hasta que los injertos de piel se deshagan, todo se ulcere y la fosa lumbar sangre a mansalva. En ese momento…
¯Quiero que le extiendas la pomada blanca,
¯quiero que le apliques la compresa azul,
¯quiero que comprimas fuerte la hemorragia,
¯que es bien colorada como sabes tú…
¯Como sabes tú, como sabes tú…
¯Como sabes tú, como sabes tú…
¯Quiero que le extiendas la pomada blanca,
¯quiero que le apliques la compresa azul.

¡Y por el amor de Dios, que la herida permanezca todo el tiempo posible en expositiva, mientras la masa gaseosa y viciada que sale por el conducto del aire acondicionado hace su trabajo y extiende la gangrena hasta ocultar todo rastro de la chapuza de cirugía que hemos puesto recientemente en práctica! El paciente no se dará cuenta, o bien, a lo sumo, tratará de desviar tu atención hacia su hígado, que con el giro brusco de 180 grados saltó de su abdomen y cayó accidentalmente al suelo. Si esto sucediese, entonces lo recomendable suele ser contarle un par de buenos chistes al paciente, mientras ubicas su hígado entre algodones y empujas después su litera rodante camino de urgencias. Esos chicos, cuando el alcohol no les juega una mala pasada, parecen saber de todo. ¿Entendiste?”. La enfermera asintió con la cabeza mientras cruzaba los dedos de su mano tras su espalda, y antes de dar por concluida la sesión práctica quiso resolver una última duda: “-Doctor, nos estamos centrando exclusivamente en la zona lumbar, mientras la pierna que actuó como donante de piel para el injerto presenta un cuadro de dolor”. “-Creo que ha llegado el momento de aplicarle vaselina sobre el vendaje, hasta que este termine por desprenderse él solito –se explicó de nuevo el cirujano-. En cualquier caso, si dentro de cinco días persistiese el cuadro de dolor, yo pediría consejo abiertamente y sin tapujos al museo de El Prado”. Y dicho esto, el cirujano se despidió de mí rogándome perseverancia en el reposo y deseándome suerte en la próxima vida. Acto seguido abandonó el cuchitril, utilizando a modo de asiento y tiro de un imaginario rickshaw a sus dos jóvenes aprendices y colegas de la unidad de cirugía plástica, mientras la jefa de enfermería comenzaba a pelearse en solitario con todo ese papeleo infame, a la vez que necesario, tratando de dar de alta en el Registro de Sociedades la nueva carpintería de su cuñado.

3 comentarios:

  1. El cuac cuac del patólogo ha hecho peligrar la integridad del forado que me dejaron ayer donde acostumbraba a estar mi muela de juicio.

    Madre mía qué jartá a reír me he pegado y cómo me duele la boca ahora.

    Me bebo ahora mismo un Nolotil a tu salud.

    Cuídate!

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    1. Me alegra saber que compensé un tanto con mi nuevo relato el derribo de tu último reducto del juicio. De hecho me apresuré en colgarlo en el blog, para que tuvieses algo con qué distraerte. Sin embargo, el dolor con dolor se paga, como habrás podido ver... y las risas a mi costa nunca fueron gratis.

      Lo de brindar con Nolotil es algo que practicaba yo también no hace tanto, cuando la pierna me ardía tras el injerto y las molestias me impedían dormir.

      Espero que el brindis surja el efecto deseado y que mejores pronto.

      ¡¡Un abrazo!!

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  2. Nada, la tecnología sin cobertura no es nada.... En el fondo, ayer sólo me quedó desearte que ese TAC diga que todo va bien, y que el injerto se aberronche solito a tu espalda sin necesidad de nueva cirugía, aunque haga que el proceso sea algo más lento.

    Un abrazo, y mucho ánimo.

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